lunes, 20 de diciembre de 2010

El Paciente Irlandés


La economía irlandesa está enferma: enferma de capitalismo. Tan enferma que su Gobierno, democráticamente elegido, acaba de caer por obra y gracia de los mercados (de los mercaderes) financieros, no sin antes dejar atado y bien atado, a modo de macabro regalo de despedida, un plan de ajuste diseñado por el FMI. Un plan que empobrecerá a los irlandeses y agravará las desigualdades, y del que deberíamos tomar buena nota porque en España (y en otras zonas de Europa) padecemos la misma enfermedad y se nos está administrando el mismo tratamiento.

La especulación inmobiliaria y el elevado endeudamiento familiar han hundido la que otrora se calificaba de “Tigre Celta”, deshaciendo como un azucarillo en una taza de café caliente el malogrado “milagro irlandés”.

La historia de dicho milagro, si es que los milagros existen, es muy similar al “boom del ladrillo” que vivimos en España desde finales de los años 90. Irlanda, como España, era y es un país atrasado en términos de renta, ciencia y desarrollo social. Su elevado crecimiento económico obedeció a una combinación de ventajas fiscales y especulación inmobiliaria. El gobierno socialdemócrata al que pertenecía el Ministro de Finanzas Ruairi Quinn (¡socialdemócrata!) aprobó en 1995 reducir el Impuesto de Sociedades al 12´5%, mientras elevaba el IVA hasta el 21%. Una reforma fiscal aplaudida por los sectores burgueses y que casaba con el modelo neoliberal promovido por el FMI (menos impuestos directos, más impuestos indirectos) como el zapato del cuento encajaba en el níveo pie de Cenicienta.

Con un nivel de endeudamiento inicial relativamente reducido, en Irlanda como en España, el crecimiento se alimentó pagando cada vez más por unas viviendas que no crecían ni en tamaño ni en calidad. La bajada de tipos de interés que tuvo lugar con la entrada del euro y la entrada de divisas atraídas por el reducido Impuesto de Sociedades, recalentaron el mercado inmobiliario ante la pasividad de los respectivos gobiernos. Pero las hipotecas y el creciente precio de la vivienda se fueron comiendo la capacidad de ahorro y endeudamiento de los ciudadanos irlandeses. En menos de una década, el precio de la vivienda se duplicó, y con ello el endeudamiento familiar y de los bancos.

Y llegó el crack: el modelo funcionó hasta que el endeudamiento de las familias no pudo crecer más ante la monstruosa deuda hipotecaria acumulada. Ante la imposibilidad de alimentar la burbuja hipotecaria con nuevos créditos, la economía irlandesa empieza a desacelerarse: los bancos no logran cobrar las hipotecas concedidas y, faltas de liquidez, provocan una sequía de crédito. Los especuladores empiezan a vender activos irlandeses (acciones, deuda soberana) y con ello cae la Bolsa y se disparan los tipos de interés.

Necesitado de recursos, y ante la indiferencia del BCE (propietario de la maquinita de fabricar euros) el Gobierno Irlandés ha negociado un vergonzoso plan de ajuste que supone el despido de 24.750 funcionarios, rebaja el sueldo de los empleados públicos en un 15%, reduce el salario medio en un 11´5%, reduce las pensiones en un 10% y eleva el IVA hasta el 23%. El ventajoso Impuesto de Sociedades, envidia de la burguesía europea, queda inalterado en el 12´5%.

Estas medidas, unidas a las que se han implementado en otros países como España, provocarán el derrumbe del PIB y un aumento del desempleo no solo en 2010 sino también en 2011. Estas políticas neoliberales deprimen la demanda agregada porque retraen el consumo de las familias y la inversión de las empresas: no pudiendo vender su producción, las empresas recortarán empleo y retrasarán la puesta en marcha de nuevas inversiones. Se tranquiza a los especuladores, pero en modo alguno se sientan las bases para un crecimiento sostenido y justo.

La crisis irlandesa, como la griega, no es sino uno trozo de la metástasis que sufre el capitalismo europeo, y revela algunos aspectos clave de la situación política y económica.

En primer lugar, cada vez es más evidente que no estamos ante una mera sucesión de episodios críticos aislados (hipotecas subprime, quiebra de Lehman Brothers, crisis griega…) sino ante un problema estructural de largo recorrido: el capitalismo está en crisis y es incapaz de garantizar la prosperidad y bienestar de los ciudadanos. Como nos recuerda el eminente marxista norteamericano Anwar Shaikh, las economías capitalistas maduras sólo crecen durante episodios bélicos o en presencia de burbujas especulativas: la guerra y la especulación animan a gastar porque capitalismo carece de mecanismo alguno que garantice que los ciudadanos absorban, de modo automático, toda la producción que las empresas pueden lanzar al mercado. Sin embargo, cuando hay guerra nadie repara en el déficit público, nadie alerta sobre la necesidad de contenerlo: hay que ganar y para ello se multiplican los pedidos de armamento a las fábricas. De modo análogo, cuando hay especulación gastamos sin límite en mercancías que no necesitamos con la esperanza de revenderlas mañana a un precio mayor. En definitiva, sólo crecemos sembrando pari pasu la semilla de la destrucción, con el evidente coste en términos de sufrimiento humano.

En segundo lugar, está claro que la arquitectura política y financiera que socialdemócratas y conservadores han construido en los últimos 25 años es incapaz de responder a situaciones críticas. La creación del euro sólo ha logrado estabilidad y bajos tipos de interés durante un periodo transitorio. Las contradicciones internas del sistema afloran ahora en forma de elevado endeudamiento y crisis financiera. Se suponía que el euro era una herramienta al servicio de los ciudadanos y ha resultado a la inversa: trabajaremos más y cobraremos menos para salvar el euro que diseñó la burguesía europea.

Tampoco el “Fondo para la Estabilidad Financiera Europea” creado en junio a raíz de la crisis griega y teóricamente dotado con 750.000 millones de euros ha servido para nada: “teóricamente” porque desde su creación nadie ha puesto un euro sobre la mesa.

Y especialmente lamentable es el papel jugado por al BCE, que de forma antidemocrática se ha erigido en guardián de un fundamentalismo neoliberal sin respaldo alguno en las urnas. El BCE podría haber puesto fin a estas crisis con el mero anuncio de que compraría bonos de los estados europeos a un tipo de interés aceptable (digamos un 3%), para que los gobiernos no tuvieran que mendigar en los mercados financieros el dinero que atesoran Bancos y Fondos de Inversión. Muy probablemente el mero anuncio de intervención habría bastado para bloquear las apuestas especulativas sin necesidad de poner realmente en marcha la máquina de hacer dinero, equilibrando de paso la paridad euro/dólar. Necesitamos que el BCE se implique activamente en las políticas de crecimiento, aportando al igual que la Reserva Federal estadounidense, dinero abundante y barato para la financiación del gasto público. Y para ello es imprescindible una reforma de los estatutos del BCE y también de la Ley de Autonomía del Banco de España: la política monetaria, como el resto de políticas económicas, deben depender directamente de los poderes públicos democráticamente elegidos.

Y en tercer lugar, resulta cuanto menos escandalosa la utilización del “pánico financiero” como arma de la burguesía en la lucha de clases: los desplomes bursátiles y las subidas de las primas de riesgo (“crédit default swaps”) emplean para generar presión sobre la clase trabajadora y desmantelar el escuálido Estado de Bienestar en sucesivas tandas: mercado de trabajo, servicios públicos, pensiones, etc. Puede afirmarse que la recuperación económica ha sido deliberadamente postergada por quienes diseñan la política económica con la intención de doblegar a la clase trabajadora europea. Los golpes de estado ya no los perpetran coroneles sable en ristre, sino bancos y fondos de inversión localizados, con la anuencia de los partidos burgueses (conservadores y neoliberales) que observan una repugnante actitud servil ante el capital.

El capitalismo es incapaz de financiar el Estado de Bienestar y, en ausencia de movilización obrera, no duda en desmontar el sistema de compensaciones con las que había ganado la hegemonía. El próximo asalto: el sistema público de pensiones.

Publicado en Mundo Obrero.

(P.D.: la foto corresponde a la paliza que recibió en plena calle el ex Ministro de Transporte griego)