viernes, 28 de enero de 2011

La Inflación Poliédrica


Acabamos de saber que España acabó el año 2010 con una inflación del 3%. Parafraseando al Sr. Valcárcel, se trata de un dato “poliédrico”, con muchas caras, a cual más desagradable. Pero, en síntesis, es un pésimo dato.

La primera cara, sobradamente conocida es la del empobrecimiento de los ciudadanos. A la pérdida de empleo o a la congelación de salarios y pensiones hay que sumar la pérdida de poder adquisitivo inducida al tener que pagar un 3% más a cambio de las mismas mercancías (en los convenios colectivos los salarios crecen al 1´3%). El problema adicional es que esto llega cuando la economía española está en plena recesión (el PIB crece un ridículo 0´2%) y no se vislumbra recuperación alguna de momento, debido a las medidas contractivas aprobadas por el Gobierno y sus aliados parlamentarios. Hemos de prepararnos para permanecer instalados en una tasa de paro del 18% - 20% durante un buen trecho. Y ello quiere decir que los más débiles se van a resentir especialmente: desde hace meses el gasto en prestaciones por desempleo crece a menor ritmo que el número de parados; los parados cada vez cobran menos debido al agotamiento de las prestaciones contributivas, situación que puede agravarse con la desaparición del programa de los 426 €.

La segunda cara de la inflación es su origen. Debería extrañarnos de que en plena fase recesiva de la economía española y mundial la inflación sea elevada y además se esté acelerando. Lo habitual sería que la inflación fuese asociada a una fase de intenso crecimiento una economía recalentada. Pero no es el caso.

El actual episodio inflacionista tiene un origen dual.

De una parte las medidas de ajuste del gobierno español: al incrementar el IVA (del 16% al 18% el tipo general, y del 7% al 8% el tipo reducido) ha empujado al alza los precios; el Gobierno trata de equilibrar las cuentas públicas a costa de erosionar la capacidad adquisitiva de los ciudadanos.

La otra fuente de inflación son las presiones especulativas que registran los mercados de materias primas (desde energía hasta alimentos) desde que se desatara la actual crisis financiera global. Como cabía esperar, el sistema financiero no ha sido reformado y las prácticas especulativas siguen siendo habituales y perfectamente legales. De hecho es más fácil obtener un crédito para especular que obtenerlo para adquirir una vivienda, un automóvil o ampliar una fábrica o una explotación agraria. El dinero barato llega a manos de los especuladores con facilidad, pero no alienta la recuperación del empleo. De hecho los precios de las materias primas han subido un 23% en el último año. En algunas mercancías concretas la subida es más escandalosa, y también más dramática porque se ceba con ciudadanos del Tercer Mundo cuya alimentación depende casi en exclusiva de ellos: en un año el precio del maíz ha crecido un 53%, el del trigo un 49%, y el de la soja un 33%. Corremos el riesgo de una nueva hambruna mundial como la que se desató a finales de la década (2007 – 2008) con la moda de los “biocombustibles”, que devoraron las cosechas de soja y maíz del planeta con el consiguiente desastre humano y medioambiental. En el caso de España, esto se está traduciendo ya en un aumento del precio de piensos y fertilizantes, y acabará encareciendo nuestros alimentos cotidianos.

Y esto nos lleva a una nueva cara del poliedro inflacionista. El origen especulativo del alza de precios está afectando a todos los países de la Unión Europea. Resultado: la inflación se está acelerando en la eurozona y ha alcanzado ya el 2´2%. Puede parecer un dato moderado pero rebasa el 2% que el BCE se ha marcado como línea roja intolerable. Se pueden imaginar al Sr. Trichet, agazapado en su bunker del BCE, con el gatillo en los tipos de interés. Ese sería el tiro de gracia para la economía española: una subida de tipos por parte del BCE para atajar la amenaza inflacionista, que hundiría nuestras posibilidades de recuperación al deprimir aun más la Inversión y el Consumo de bienes duraderos, colocando al borde del desahucio a todas aquellas familias que a duras penas pueden pagar hoy sus hipotecas.

La enseñanza es clara: no podemos seguir postergando la reforma financiera y ésta, al contrario de lo que propone el Gobierno, no puede consistir en fusionar cajas de ahorros ni convertirlas en bancos. Eso sólo servirá para aumentar el poder del oligopolio bancario: los ciudadanos tendremos mayores tipos de interés y peores servicios bancarios. Hay que poner coto a los productos financieros que se ofrecen a los clientes: el ahorro de los ciudadanos debe servir para aumentar y mejorar nuestra capacidad productiva, no a financiar apuestas especulativas sobre el petróleo o sobre el trigo.

domingo, 2 de enero de 2011

Segismundo y el Año del Conejo


De acuerdo con el calendario Chino, 2011 debía ser el “Año del Conejo”, pero a la vista de los nubarrones que acechan en el horizonte, probablemente sea más apropiado calificarlo como el “Año del Diluvio”.

Si a finales de 2008 el presidente Zapatero se resistía a admitir que la economía española se adentraba en una fase crítica, dos años después no sólo se ha confirmado la gravedad de la crisis sino que ésta no parece tener fin a pesar de los sucesivos paquetes de ajuste aprobados por el Gobierno y sus aliados parlamentarios.

Tras los tímidos balbuceos keynesianos que inspiraron inicialmente el “Plan – E” (gasto público local para generar empleo), el Gobierno abrazó sin ambages los postulados neoliberales del FMI a pesar de que la experiencia demuestra que conducen al fracaso y al empobrecimiento de aquellas economías que los han puesto en práctica. Mal empezó nuestro Gobierno al cometer el mismo error que Roosevelt en 1937.

Este año que acaba, la deriva neoliberal del Gobierno se ha acentuado: bastaron unas andanadas de los banqueros en la línea de flotación de la Bolsa española para convertir al Sr Zapatero en un brillante seguidor de las doctrinas de Milton Friedman (el economista preferido de Pinochet). El mismo Gobierno que suprimió el Impuesto de Patrimonio a los ricos (privando a las arcas públicas de 1.800 millones de euros anuales) subió el IVA en julio (un impuesto que pagamos por igual ricos y pobres); ha facilitado el sistema de despido y reducido a la mitad las indemnizaciones a los trabajadores despedidos; ha recortado el sueldo a los funcionarios; ha congelado las pensiones (que en términos reales se reducen a causa de la inflación) y ha aumentado el precio del gas, de la electricidad y de las autopistas que utilizamos para ir a trabajar. Anuncia además una precarización del sistema público de pensiones y una nueva reforma laboral que obligará a los trabajadores a mendigar subidas salariales individualmente, como en tiempos de la dictadura franquista.

Se ha dicho, y vale repetirlo, que las medidas del Gobierno son injustas en lo social. No hemos de cansarnos de repetir que tales medidas benefician de modo directo a los ricos y dejan que el ajuste recaiga sobre la clase obrera. El último botón de muestra: se incrementa la tarifa de electricidad un 10% a pesar de que las empresas energéticas obtuvieron en 2009 un beneficio de 11.797 millones de euros según la CNMV (el manido “déficit de tarifa” es un artificio contable de Aznar para regalar dinero a esta “electrizante” burguesía).

Pero es que además, tales medidas son perjudiciales para la buena marcha de la economía porque resultan depresivas: lejos de garantizar el crecimiento sostenido ralentizarán la creación de empleo; la recuperación se posterga debido al carácter depresivo de las medidas instrumentadas por el Sr Zapatero y la falta de apoyo del BCE. Los datos son claros: según el Banco de España la industria española está funcionando al 72´4% de su capacidad, es decir, muy por debajo del nivel de producción y empleo que admite su capacidad instalada. Aunque resulte paradójico para los apóstoles del equilibrio presupuestario, lo que necesitamos son más pedidos, más gasto, impulsar la demanda agregada. Y esta reflexión vale para toda Europa.

No parece que ninguno de los actores típicos de la economía (familias, empresas, Estado) vaya a asumir ese liderazgo en el corto plazo.

Los hogares no pueden tirar de la demanda agregada ya que su nivel de endeudamiento sigue en cotas estratosféricas (91´3% del PIB) que les impide aparecer como agentes solventes ante la banca. De hecho ese es el verdadero de desequilibrio que ninguna reforma propuesta por el Gobierno ha acometido: el exasperante endeudamiento familiar, que no ha cedido ni un milímetro estos años. Las familias siguen trabajando para amortizar deuda y no pueden comprometerse en nuevos gastos de bienes duraderos (viviendas, automóviles, electrodomésticos). De hecho según los últimos datos (III Trimestre 2010) el consumo ha vuelto a desacelerarse una vez entrado en vigor el nuevo IVA y crece a un tímido 1´4%. Cabe esperar que las reducciones salariales y los aumentos de impuestos y tarifas desplomen el consumo en los meses venideros.

Las empresas desde luego tampoco liderarán el cambio de ciclo: con una demanda agregada deprimida no van a acometer nuevas inversiones, ni en nueva tecnología ni en ampliación de la capacidad instalada que hoy está subutilizada. La inversión crece un exiguo 2´4% y la inversión en construcción cae un -11´6%; y en ambos casos la tendencia descendente se está acentuando. La política de racionamiento crediticio practicada por el BCE tampoco ayuda mucho: baste indicar que en lo que va de año la cantidad de dinero en circulación (M3) ¡se ha reducido un 1´8%! ¡Ninguna economía puede crecer reduciendo en términos reales la cantidad de dinero en circulación!

Y el Estado, a todos sus niveles territoriales, ha hecho suyo el viejo (pero viejo – viejo) discurso del equilibrio presupuestario cuando lo apropiado sería una combinación de gasto público expansivo coordinado a nivel europeo con respaldo del BCE: el crecimiento logrado aumentaría la recaudación tributaria y permitiría reducir ostensiblemente el déficit público sin recortes sociales, re – equilibrando de paso la paridad dólar – euro.

Pero ello no es posible si los Gobiernos nacionales no se liberan de la mordaza presupuestaria que se han autoimpuesto, en un estúpido auto de fe neoliberal que nos arrastra a todos a la miseria.

Hay sin lugar a dudas pendiente para 2011 otra reforma en la que la opinión de los ciudadanos ha sido vergonzosamente escamoteada: la reforma del sistema financiero.

Los banqueros ha conseguido reconducir el discurso hacia sus posiciones: reformar es “convertir cajas de ahorros en bancos” y “fusionar entidades”. Pero ese no era el sentido original de la reforma financiera cuando estalló la crisis de las hipotecas “subprime”: se trataba de identificar, penalizar e incluso prohibir las “operaciones financieras especulativas” que habían ocasionado tan alarmante inestabilidad a nivel global. Ese catálogo de operaciones no se va a tocar: los bancos podrán seguir realizando las mismas apuestas de casino de siempre, solo que ahora tendremos bancos más grandes y con un poder oligopolístico mayor, borrando del mapa financiero todo resquicio de labor social que otrora auspiciaran las cajas de ahorro. Los tipos de interés subirán. En definitiva, el germen para una nueva burbuja financiera está sembrado.

Las políticas instrumentadas en Europa y en España impedirán que 2011 sea el año de finalización de la crisis. El PIB crecerá a tasas insuficientes para reducir el desempleo e incluso volverá a crecer a tasas negativas. Y ello sucederá en un ambiente de creciente desprotección social. Tras dos años de crisis las prestaciones contributivas por desempleo se están agotando y también las de carácter asistencial. Si en 2009 el 60% de las prestaciones pagadas eran de nivel contributivo (28 € diarios frente a los 15 € en las no contributivas); hoy sólo representa el 46% y bajando. Y encima el Gobierno ya ha anunciado su intención de suprimir el programa de los 426 €. Será un año en el que se aceleren los desahucios y se recrudezca el recurso a “modalidades mendicantes” de beneficencia: Cáritas, etc. Tal y como siempre ha soñado la burguesía: que se note de un simple golpe de vista quién es pobre y quién no.

También la calidad de nuestro sistema democrático ha quedado seriamente dañada el año que ahora termina: de acuerdo con las revelaciones de Wikileaks, Zapatero podría haber pasado a la historia como el dócil “cocker spaniel” que se plegaba a la voz de su amo estadounidense (guerra de Afganistán, caso José Couso, Vuelos de la CIA con secuestros y torturas…); algo ya de por sí humillante. Pero de repente se ha confirmado lo que la mayoría sospechábamos: que España es una colonia, una provincia más del vasto Imperio norteamericano; que existe una realidad formal (con división de poderes, independencia judicial, Estado de Derecho, democracia representativa… ) y una realidad auténtica que asemeja a un gran corral en el que los borregos somos gobernados por marionetas (del PSOE o del PP, lo mismo da) a sueldo de Washington. De esa realidad son cómplices todos los que nos han gobernado desde que tenemos Constitución: todos.

Y sin embargo, pese a la tozudez de Wikileaks, el final de Zapatero será más parecido al de Segismundo Casado, el militar que traicionó a la República en sus últimos días.

Casado dio un golpe de estado contra el Gobierno de la República, arrestó a los dirigentes socialistas y comunistas que quedaban en Madrid y los puso a los pies de Franco para garantizarse una huida ventajosa. Análogamente, Zapatero ha utilizado el poder que le han dado los trabajadores para legislar contra los trabajadores: ha puesto nuestro incipiente Estado de Bienestar a los pies de los mercados; en un solo año ha destruido 25 años de experiencia democrática en los que tratábamos de lograr cotas de bienestar homologables a los países más avanzados de Europa.

Cabe recordar que finalmente Franco no fue nada generoso con Casado, que ocupa un maloliente lugar en la Historia reciente de España. Sospecho que la generosidad de los banqueros con Zapatero será muy similar y lo apearán del tren de la Historia de madrugada, en algún andén de tercera.