
Una reciente intervención pública del Sr. Valcárcel ha avivado el debate sobre el “copago” de los servicios públicos, esto es, sobre la necesidad de que los usuarios paguen parte del servicio que reciben. Con esta idea, nada nueva, se trataría de que los ciudadanos pagasen por la Sanidad y la Educación, los dos servicios públicos fundamentales sobre los que se mantiene nuestro menguante “Estado de Bienestar”, y que absorben buena parte del presupuesto del sector público. Así, pagaríamos cada vez que visitásemos a nuestro médico de cabecera, o médico especialista, o pagaríamos por la matrícula de los escolares. Esa es la mecánica básica del “copago”.
Curiosamente, mientras dirigentes de PP y PSOE de todos los niveles se apresuraban a marcar distancias respecto a cualquier propuesta de copago, la iniciativa del Sr Valcárcel ha provocado una catarata de adhesiones procedentes de personas y grupos muy cualificados ligados a ambos partidos. Me refiero a esas personas o grupos (técnicos, intelectuales, lobbys, think tanks) que cocinan en la sombra las recetas que los gobernantes acaban aplicando cuando ganan los comicios, recetas que no suelen aparecer por su impopularidad en los programas electorales o “agenda oficial” de los partidos.
Conviene por ello hacer algunas aclaraciones antes de que la aritmética de medio pelo y el pánico presupuestario arrollen el debate sereno que probablemente tendrá lugar tras las elecciones.
En primer lugar el debate sobre el copago surge espoleado por la crisis económica, que ha hundido la recaudación tributaria y ha provocado severos déficits de difícil financiación en las diversas Administraciones Públicas. Se veía venir que estas Administraciones estaban dilapidando los ingentes recursos procedentes de la “burbuja inmobiliaria” en vez de ahorrar en previsión de un cambio de ciclo. Y ahora toca correr.
Hubiera sido preferible que el debate naciese de la reflexión acerca de qué podemos hacer para mejorar la gestión pública y no desde el pánico a la suspensión de pagos. Si cada vez que los gobernantes necesitan dinero dejamos que lo saquen del bolsillo de los ciudadanos nunca tendrán incentivos para la austeridad y la buena gestión. Si en España los servicios públicos absorben gran cantidad de recursos es básicamente por la mala organización y la mala gestión, no por el abuso de los usuarios.
En segundo lugar el debate parte de una premisa falsa: que los ciudadanos reciben gratuitamente los servicios que les suministra el Estado y que ha llegado la hora de que paguen. Entonces ¿qué son los impuestos? De cada 100 euros de riqueza que se generan en España 33 acaban en manos de las Administraciones Públicas vía tributaria: el copago significa volver a pagar “vía precios” el servicio que ya hemos pagado “vía impuestos”. Y encima el copago es equivalente a un impuesto indirecto: los más pobres son los que más necesitan los servicios públicos, los ricos hace tiempo que migraron a la sanidad y la educación privadas. No estaría de más resucitar el Impuesto sobre el Patrimonio y el Impuesto de Sucesiones que tan alegre e irresponsablemente fueron desmantelados en tiempos de bonanza.
En tercer lugar, si lo único que preocupa a nuestros gobernantes es cómo financiar el creciente gasto público deberían atajar la economía sumergida. Según diversas investigaciones ésta supone entre el 20% y el 23% del PIB. Teniendo en cuenta la actual presión fiscal, acabar con la economía sumergida permitiría a las Administraciones Públicas financiar convenientemente el sistema sanitario y de educación públicos y gozar de superávit. Amén de resolver la injusta situación que implica que una parte de los ciudadanos paguemos por los que no pagan.
En cuarto lugar, un buen gobernante debería preocuparse por la calidad de la gestión de los recursos presupuestarios: inflar plantillas o subcontratar a empresas privadas (sean o no de amiguetes) tareas que podrían ejecutar la Administraciones es una práctica muy extendida en nuestro país y que tarde o temprano hay que eliminar. Deberíamos preguntarnos si lo que las Comunidades Autónomas pagan por una radiografía o por el terreno en el que se va a construir un colegio es un precio adecuado.
Aparte de esto, el debate sobre el copago es muy oportuno pero sería de agradecer que las distintas formaciones políticas, en un ejercicio de salud democrática, revelasen sus intenciones al electorado antes de votar y no después.

