
La Reserva Federal (el banco central estadounidense) acaba de anunciar que a partir de julio dará un giro restrictivo a la su política monetaria. Para ello pondrá fin al programa QE2 consistente en inyectar dinero fresco a la economía mediante la compra de deuda pública norteamericana en el mercado.
Desde el inicio de la crisis, la Reserva Federal había mantenido una política de dinero barato y abundante que ha contribuido a evitar el desplome del PIB en Estados Unidos. Con esa filosofía, radicalmente opuesta a la practicada por el Banco Central Europeo (dinero barato pero escaso) se ha inyectado 600.000 millones de dólares y se ha evitado el desplome del Consumo y la Inversión.
Ya el año pasado el presidente Obama decidió abandonar las políticas keynesianas y su discurso se centra ahora en combatir el déficit público: lamentable que el gobernante más poderoso del mundo sea rehén de falacias intelectuales desmentidas por la Historia. Son las mismas políticas que arruinaron Argentina y la condujeron al “corralito”.
La noticia es mala porque elevará los tipos de interés y contraerá la demanda agregada. Por desgracia para nosotros, Europa no se librará de los efectos de esta política: al debilitarse la economía norteamericana también lo harán sus importaciones, así que los productos europeos tendrán más dificultad para ser vendidos allí, lo cuál generará desempleo aquí. Además, la reducción de liquidez puede provocar una fuerte caída de las bolsas de valores: los inversores venderán sus acciones para adquirir bonos, que ofrecerán entonces un tipo de interés mayor al actual y todas las bolsas, a nivel mundial, pueden resentirse con ello.
En síntesis, el fin de la política monetaria expansiva en Estados Unidos puede asestar un severo golpe a la débil economía europea.
Ciertamente, nunca he sido partidario de hacer descansar nuestras posibilidades de recuperación en la política monetaria. Al contrario: el dinero barato no es suficiente, hay que conducirlo inteligente y selectivamente a manos de aquellos que pueden hacer algo útil con él.
Keynes ya demostró en 1936 que en tiempos de crisis el dinero barato no se traduce en inversión, en construcción de nuevas fábricas, ni en compra de maquinaria: no sirve para reducir el desempleo porque acaba en manos de los ricos, que lo atesoran para especular. Él lo llamó la “trampa de la liquidez”. El libre mercado sólo facilita el acceso al dinero a aquellos que ya tienen dinero y a aquellos que lo utilizan para especular: los bancos, llevados por su miopía y su codicia, sólo ofrecen dinero a quienes pueden garantizar su devolución; tratando de protegerse de la insolvencia los bancos reducen los préstamos, retienen el dinero... y crean más insolvencia.
Por eso la política monetaria requiere regulación y coordinación con la política fiscal: hubiera sido necesario un programa europeo de reducción progresiva del déficit, sin recortes traumáticos del gasto público, y haber obligado al BCE a comprar la nueva deuda pública de los Estados en crisis para que la amorticen una vez pasado el vendaval. Habríamos evitado así tener que “acudir a los mercados” a vender soberanía y derechos laborales a cambio de dinero especulativo.
Y habría sido preferible introducir regulaciones que obligaran a los bancos a hacer llegar dinero barato a quienes mejor uso pueden darle en estos momentos: la familias de menos renta. Éstas no gastan dinero en especular sino en adquirir bienes y servicios, estimulando la demanda agregada. Se habría evitado pérdidas de empleo y situaciones de morosidad. La crisis habría sido más suave.
Esta decisión de la Reserva Federal es lo suficientemente mala como para difuminar cualquier posibilidad de recuperación para el segundo semestre de 2011.
Pero como las desgracias nunca vienen solas, a este lado del Atlántico nos permitimos el lujo de alargar la agonía de la economía griega. Este bochornoso espectáculo en el que el BCE, el FMI y la Comisión Europea (¿quién ha elegido a toda esta gente?) tiene secuestrada la voluntad del gobierno y del parlamento griego no augura nada bueno. Recuerdan a la perfección el retrato que hace Keynes de la Paz de Versalles en “Las Consecuencias Económicas de la Paz”: humillar y empobrecer al pueblo alemán sembró las bases del fascismo.



