
Los ataques especulativos sufridos por las economías europeas proyectan sobre los ciudadanos una falsa idea: que el déficit público es la causa de la actual crisis económica, cuando en realidad es la crisis la que ha generado el déficit. Por eso es un error tomar medidas para atajar el déficit: hay que atajar la crisis mediante medidas de estímulo.
Es importante arrojar un poco de luz sobre este malentendido porque de lo contrario, aun habiendo buena voluntad (que desde luego no la hay) no se aplicarán las recetas adecuadas.
Los gobiernos europeos, incluso los que no han sufrido ningún ataque, están recortando el presupuesto para reducir el déficit, en un intento de aplacar la furia de los especuladores. También se están implementando reformas muy costosas para los trabajadores. Se supone que todo eso calmará los mercados. Pero ¿alguien ha visto algún contrato que obligue a los mercados a cumplir “su parte”? ¿Dónde está escrito que los mercados dejarán en paz nuestra deuda y nuestra Bolsa cuando acabemos con las reformas? ¿Dónde está la lista de reformas que se supone que tenemos que efectuar? ¿Quién nos asegura que esta sangría del estado de Bienestar no va a continuar hasta que nuestro nivel de vida sea el de 1975?
Memeces burguesas.
El problema no es el déficit en sí sino su financiación. El déficit es un problema cuando la sociedad vive en pleno empleo: al presionar al alza sobre la demanda agregada, el déficit genera inflación y ésta destruye la competitividad de la economía (amén de empobrecer a los trabajadores) con lo que al final, la demanda se filtra al exterior y el PIB se contrae.
Hoy en día, el déficit en sí no es un problema: no causa tensiones inflacionistas porque la industria europea (también la española) está trabajando muy por debajo de su capacidad instalada. Podemos aumentar la producción sin miedo a que se disparen ni los costes salariales (cualquiera se atreve a solicitar un aumento de salarios) ni los no salariales.
El error consiste en la obcecación por financiar el déficit público acudiendo a los especuladores cuando, con un pequeño cambio legislativo (incluso sin él, como hemos comprobado estos días) el Banco Central Europeo podría resolver la cuestión: debería acordarse entre los países europeos un programa de financiación del déficit de modo que el BCE comprase deuda directamente a los gobiernos. Estos, mediante el gasto público, pondrían ese dinero en circulación y reactivarían la economía. Además, permitiría depreciar la moneda europea frente al dólar y al yuan, permitiendo recuperar un poco de competitividad perdida.
Y ya de paso, tampoco sería necesario que los gobiernos sometidos a planes de ajuste pidieran dinero al gobierno alemán: nos ahorraríamos el bochornoso espectáculo de ver cómo en el Bundestag se discute y aprueba la política económica de Grecia. Ya puestos ¿por qué no disolver el parlamento griego y ahorrarnos su coste de funcionamiento?
Dinero hay de sobra: la máquina de fabricarlo la tiene el BCE.
Esto es, desde luego, algo significativamente diferente de lo que ha venido haciendo el BCE hasta ahora. En las últimas semanas, visto que la situación financiera está suficientemente podrida, el BCE ha comenzado a comprar deuda pública en el “mercado secundario”, esto es, deuda antigua, emitida en el pasado y pendiente de amortizar. De este modo el dinero fresco del BCE no ha ido a parar a manos de los Gobiernos, sino a las de los propietarios de bonos que han almacenado una parte de ese dinero a la espera de que lleguen tiempos mejores, y están dedicando otra parte a especular en el mercado de materias primas y en el de alimentos. Así, el dinero fresco del BCE no sólo no sirve para reactivar la economía sino que genera inflación (petróleo) y asfixia de hambre a un Tercer Mundo incapaz de pagar los elevados precios de los alimentos.
Afortunadamente, la intervención del BCE ha sido parcialmente positiva, pues ha permitido contener (un poco) la prima de riesgo de los países atacados, ha servido para reducir los tipos de interés: no es una mala fórmula, es una fórmula insuficiente. Esta intervención ha demostrado la potencia que puede tener la política monetaria. ¿Por qué no llevarla más lejos y permitir la reactivación de la economía? Porque la burguesía no quiere algo así: como históricamente ha ocurrido, aprovecha la crisis para arremeter contra los trabajadores. No habrá dinero abundante ni recuperación económica hasta que renunciemos a las conquistas sociales de las últimas décadas. La reciente dimisión del economista jefe del BCE, el alemán y militante de la CDU Jürgen Stark (luego dirán que el BCE es independiente), ha sido clarificadora: no estaba de acuerdo en ayudar a los gobiernos, pues de esa de ese modo no se verían obligados a tragarse las dichosas “reformas”. La vergonzosa reforma constitucional ha sido buena prueba de ello: es legalmente impecable, pero no nace de la voluntad del pueblo, no es una norma que el pueblo se da a favor de una convivencia más armoniosa; la dictaron el BCE y la burguesía europea, arrebatando a nuestro pueblo un trozo de soberanía bajo chantaje: o hay reforma constitucional o no compramos deuda y que se dispare la prima de riesgo.
Maldita la hora en que nos deshicimos de la peseta y convertimos el Banco de España en una sucursal del BCE.
Y contrariamente a lo que sostiene un sector de la izquierda, no vivimos un ataque contra el euro: estamos ante una crisis que los capitalistas quieren resolver agrediendo a los trabajadores, recuperando mediante reducción de salarios y derechos sociales la lucratividad que el sistema no es capaz de generar. Los especuladores no son “anti – europeistas”: los especuladores disparan en beneficio propio contra todo lo que se menea. La defensa del euro no es pues algo progresista, es la defensa que un sueño burgués que se ha vuelto una pesadilla para la clase trabajadora. Pero es cierto que un sector de la izquierda, absolutamente desconectado del pensamiento marxista, se siente más cómodo interpretando los actuales acontecimientos como una lucha “europeistas – antieuropeístas” y no como un episodio más de la incesante lucha de clases.
La emisión de eurobonos (la única aportación de la socialdemocracia en la actual coyuntura) no es una mala idea, pero no es la solución. Relajaría las tensiones sobre los presupuestos de los países menos solventes, pero la demanda agregada seguiría sin recuperarse, y otro tanto sucedería con la creación de empleo. Porque el problema es el euro en sí: no es viable (esto lo venimos diciendo muchos… hace mucho) que países con evoluciones muy dispares en su productividad y su ciclo económico tengan un tipo de cambio fijo entre sí; el tipo de cambio fijo devora la competitividad de los países endebles en favor de los países más avanzados y la política monetaria común no es eficiente cuando los ciclos no están sincronizados. Y eso sin contar con la poca disposición de la derecha europea a “socializar” la prima de riesgo griega (los bonos a dos años pagan ya un tipo de interés del 50%).
En resumen, sólo hay dos soluciones para salir de la crisis económica: una política presupuestaria expansiva simultanea en todos los países europeos y financiada activamente por el BCE, o el retorno de algunos países a sus monedas nacionales y devaluación respecto al euro.
Mucho me temo que ninguna de las dos se va a poner en marcha y que la fetidez de las putrefactas economías capitalistas va a inundar nuestros hogares durante mucho tiempo.