En la actual crisis económica la élite financiera europea ha puesto todo
su empeño en salvar el euro, anteponiendo este objetivo al de garantizar el
bienestar y las libertades de los ciudadanos: pero el euro, al menos en su
diseño actual, es insostenible y a medida que pasa el tiempo y se acumulan
desequilibrios, los Estados tienen que recurrir a dosis crecientes de violencia
policial y social para mantenerlo a flote.
La élite ha logrado, por el momento, silenciar el debate sobre el futuro de
la moneda única proyectando sobre la ciudadanía la idea de que la recuperación económica
depende del éxito del euro. Esta estrategia se sostiene sobre bases irracionales
como la confianza fetichista en la “sabiduría
de la élite” y el “desprecio por la
experiencia histórica”, elementos ambos que nos han conducido a un
peligroso ejercicio de procrastinación: la acumulación de contradicciones en el
seno de la eurozona no va a detenerse por más que desviemos la mirada, sólo
lograremos aumentar su coste económico y humano.
Gramsci ya alertó sobre la tendencia de las masas a aferrarse a las ideas
trasmitidas por “hombres de prestigio”,
a modo de parapeto ante la acumulación de evidencias críticas que les son
contrarias: un análisis racional puede situar al individuo frente a
contradicciones dolorosas entre aquello en lo que siempre creyó y aquello que
la razón demuestra ser cierto. La vía de escape consiste en invocar la
autoridad de un referente intelectual aparentemente superior, aquellos a
quienes en alguna ocasión oímos defender con brillantez las ideas que ahora parecen
desmoronarse ante los argumentos del adversario: son los intelectuales
orgánicos.
Fetichismo: la élite
financiera utiliza en beneficio propio esa tendencia fetichista a atribuir una
inteligencia superior a quienes han logrado la prosperidad y, por extensión, a
las sociedades a las que pertenecen: creemos que los ricos son ricos porque son
más inteligentes, porque “entienden”
de finanzas, porque tienen un dominio sobre la materia del que nosotros
carecemos. Por la misma razón creemos que las naciones ricas lo son
exclusivamente por el talento y la laboriosidad de sus gentes cuando, como en
el caso del imperialismo o la especulación, su riqueza puede proceder del
expolio y de la estafa.
En la situación actual la Sra. Merkel es el rostro visible de las élites
que lideran el diseño de los planes de salida de la crisis. Podría ser
cualquier otro Gobierno porque, al fin y al cabo, el euro no es un producto
alemán sino un proyecto de la burguesía europea. Alemania es la economía que,
de momento, mejor resiste la crisis y por eso le ha correspondido el papel de
actor principal en el debate. Por tanto nos equivocamos si afrontamos el debate
en clave Alemania vs Europa.
Por su aparente prosperidad e inmunidad ante la crisis, el respaldo del Gobierno
alemán al euro alimenta en la conciencia ciudadana la creencia de que la moneda
única es viable porque tiene de su parte a aquellos que han logrado construir
una sociedad próspera. El corolario lógico es que los ciudadanos de los países
periféricos hacemos bien si nos adherimos acríticamente al plan que las élites
han trazado porque ellas conocen el secreto del éxito.
Pero la prosperidad alemana es ficticia: de momento Alemania ha ido
esquivando gracias a la ganancia de competitividad relativa que le permite el
hecho de que sus principales socios comerciales (eurozona) no puedan devaluar
sus monedas. Pero esa ventaja se diluirá a causa de la obcecación de las élites
en promover políticas económicas recesivas que empobrecen las finanzas de sus
socios comerciales y debilitan su capacidad exportadora. Cuando la periferia
alemana sea un erial ¿quién comprará los magníficos, pero inaccesibles,
productos alemanes? Ya sucedió en los 90: la economía alemana se hundió
lastrada por la sobrevaluación del marco.
Las muestras de agotamiento de Alemania ya están ahí: cuando parecía que
la recesión de 2009 había quedado atrás la economía alemana comenzó a
desacelerarse nuevamente y cerró 2012 con un desalentador crecimiento del 0´7%.
Y todo apunta a que los años venideros serán aún peores.
La economía alemana también sufre un importante deterioro en términos de
calidad de vida y equidad. Basta con echar un vistazo a los indicadores
oficiales (Eurostat) y comparar la situación actual con la de 2000, justo antes
de que el gobierno del socialdemócrata Schroeder emprendiera las reformas neo –
liberales conocidas como Agenda 2010 o Hartz – IV. Todos los indicadores
muestran una precarización de las condiciones de vida. En primer lugar el
Índice de Gini ha pasado de 0´25 a 0´29, indicando una tendencia a una mayor
desigualdad en el reparto de la renta. La brecha entre lo que ganan los más
ricos y los que ganan los más pobres ha aumentado: la brecha entre los ingresos
del 20% de población más rica en comparación con la renta del 20% de población
más pobre ha pasado de 3´5 a 4´5. El mercado de trabajo ha experimentado una
enorme precarización: los contratos a tiempo parcial han pasado de suponer el
20´8% al 26´6% del total, y ahora 15 trabajadores de cada 100 tienen contrato
temporal frente a los 12 del año 2000. Como consecuencia de lo anterior el
riesgo de incurrir en situación de pobreza se ha incrementado notablemente: según
Eurostat, en Alemania hay 16 millones de pobres, el 19´9% de la población. ¿Un
panorama digno de admiración?
Desprecio por la experiencia histórica:
paralelamente al deslumbramiento que produce en la conciencia de los individuos
“la sabiduría de la élite”, surge
otra frustrante muestra de irracionalidad: la negativa sistemática a aprender
de las experiencias pasadas y de las experiencias foráneas a pesar de su estrecha
relación con la crisis actual.
Podríamos citar numerosos ejemplos, algunos especialmente ilustrativos.
Uno de ellos, el debate sobre la incorporación y posterior abandono del
patrón – oro por el Reino Unido, resulta esclarecedor. En 1924 el Ministro del
Tesoro, Winston Churchill, decidió restablecer el patrón cambio – oro para la
libra esterlina, con la misma paridad que antes de la I Guerra Mundial. Esto
equivalía a fijar el tipo de cambio del mismo modo que en 1999 España fijó su
tipo de cambio al euro con una paridad de 166´386 pta/€. La consecuencia inmediata
fue la pérdida de competitividad de las exportaciones británicas y un grave desequilibrio
en su Balanza de Pagos, lo cual provocaba una creciente salida de oro, el mismo
oro cuya presencia en los sótanos del Banco de Inglaterra debía servir de
soporte – garantía al papel moneda emitido al tipo de cambio fijado.
A pesar del evidente fracaso, Churchill se negó a dar marcha atrás y
trató de hacer frente a la sangría de las reservas de oro solicitando a Estados
Unidos la reducción de sus tipos de interés. De ese modo los bonos
norteamericanos perderían atractivo frente a los británicos, permitiendo
compensar al menos en parte la sangría de reservas. Los resultados fueron
nefastos: la reducción de tipos en Estados Unidos contribuyó a alimentar la
burbuja especulativa en Wall Street, germen del crack de 1929. En 1931, con
Churchill ya fuera del Tesoro, Gran Bretaña abandonó el patrón oro y devaluó su
moneda. ¿De qué sirvió negar una y otra vez la evidencia de que un tipo de
cambio sobrevaluado era insostenible?
Otro caso, más grave si cabe desde el punto de vista analítico, lo constituye
la experiencia Argentina con la “Ley de
Convertibilidad”. En este caso, al desprecio por la experiencia histórica
viene a sumarse lo que Samir Amín denominó “eurocentrismo”:
una perversión ideológica rayana al racismo y la xenofobia que nos conduce a
menospreciar lo que sucede en terceros países, especialmente los del Tercer Mundo,
como si la historia de Europa fuera el paradigma indiscutible de la
prosperidad. En términos sencillos: somos propensos a creer que las desgracias
que acontecen a las economías del Tercer Mundo son lógicas porque, al fin y al
cabo, son sociedades intelectual e institucionalmente inferiores a las europeas.
La ingrata experiencia Argentina:
el gobierno del peronista Carlos Saúl Menem instauró en 1991 la paridad dólar –
austral. Lo que pretendía ser el final de la pesadilla híper – inflacionista y
la inauguración de una era de prosperidad basada en la afluencia masiva de
capitales foráneos atraídos por una moneda estable se transformó en un caos que
terminó dramáticamente con la huida en helicóptero del presidente Fernando de
la Rúa en 2002 y el corralito. Se había repetido la misma historia: la paridad
devino en una apreciación real de la moneda argentina con la consiguiente
pérdida de competitividad de sus exportaciones. La fuga de dólares (que como en
el caso del oro británico servía de respaldo a la moneda local) se enmascaró
temporalmente gracias a la entrada de capitales especulativos y por los
ingresos obtenidos con las privatizaciones masivas de empresas públicas. Cuando
el entorno financiero internacional se enrareció (1997) y no quedó nada por
privatizar, el desequilibrio de la Balanza de Pagos no halló financiación. Los
ciudadanos acudieron masivamente a rescatar sus depósitos bancarios: pero ya no
había dólares en las cajas de los bancos y el Gobierno argentino acordó el
célebre “corralito”.
El
coste de la irracionalidad. Cuando se explica a los estudiantes de Economía
el origen y ventajas del dinero, los manuales de economía invocan con asiduidad
el problema de la “doble coincidencia de
necesidades”: desde Aristóteles (Política, capítulo II), si no antes,
sabemos que la invención del dinero permitió
que la humanidad superase la era del trueque aumentando la eficiencia de la
actividad económica; sin dinero nuestro nivel de vida sería similar al de la
Edad Media. Ahora parece que estamos recorriendo el camino inverso. El crédito
no para de decrecer en la eurozona desde 2008: actualmente cae a un ritmo del
-2% y nadie está haciendo nada por
solucionarlo ¿No afectará ello al funcionamiento de la economía? ¿Durante
cuanto tiempo podrá aguantar en esas condiciones la economía europea? La
experiencia argentina es esclarecedora: la falta de efectivo llegó hasta tal
punto que los gobiernos locales tuvieron que emitir su propia moneda (“patacones”) y se crearon clubs de
trueque por todo el país con su propia moneda (el “crédito”). ¿Vamos a ser tan
irracionales como para revivir esa misma historia?
La moneda única fue presentada como un elemento cohesionador que
fortalecía no sólo la unión económica sino también la unión política de Europa.
Y hay mucho de cierto en ello, pero si dejamos su control en las manos
equivocadas puede convertirse en una herramienta de dominación política.
Cuando se constituyeron los Estados Unidos de América tuvieron lugar dos agrios
debates que dieron al traste con el sueño de fraternidad de George Washington: la
distribución de poder entre el nuevo gobierno central y los gobiernos locales;
y la creación de un Banco Central nacional. Las antiguas colonias sabían que su
soberanía podía ser fácilmente pisoteada por quien controlase la emisión de una
moneda común, como antes lo había hecho Gran Bretaña. Dos siglos después eso mismo
es lo que nos ha sucedido con la creación del Banco Central Europeo,
constituido en cuarto poder (sin legitimidad democrática) independiente de los
poderes ejecutivo, legislativo y judicial. El temor de los estados
norteamericanos lo hemos sentido en nuestras propias carnes: ahí está la
reforma del artículo 135 de la Constitución Española (27 de septiembre de 2011),
impuesta por la élite financiera europea; un golpe de estado en el que las
pistolas fueron sustituidas por las planchas con las que se fabrican los
billetes de 500 €.
Haríamos bien en prepararnos política e intelectualmente para cualquier
contingencia que pueda suceder con el euro: quizá nos echen del Club… o quizá
el propio Club se disuelva. Lo mejor: una solución racional, planificada, sin
fetichismo.
[Y si quieres saber más sobre el coste del rescate bancario en España puedes bajarte el artículo "¿Cuánto cuesta el rescate bancario? Una estimación provisional"].
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