jueves, 28 de marzo de 2013

"QUERUBÍN"



Ayer en el parque jugaba un niño de apenas siete años, de cabello rizado y rubio como el de los querubines que custodian a la Virgen María en los retablos de los templos. Sin esfuerzo vino a mi mente el recuerdo de Tadzio, el coprotagonista de la “La Muerte en Venecia”, cuya inocente belleza había logrado ensimismar al mismísimo Von Aschenbach, arisco intelectual pagado de sí mismo, incapaz de prestar atención a otra cosa que no fuera su propio arte.

Irritado quizá por alguna bien fundada desavenencia lúdico – deportiva, de esas que surgen al disputarse la victoria en uno de esos deportes menores importados de Inglaterra (creo que lo llaman “foot – ball”), el querubín increpó a uno de sus compañeros de juego: “me – cago – en – tu – padre – hijo – de – puta – cabrón”. Literalmente. Acto seguido tomó la mano protectora de su madre y se alejó.

Como soy de los que se niega tercamente a retener en la mente las enseñanzas que generosamente nos ofrece la experiencia, me sorprendí a mis años de que un conjunto de vocablos tan gruesos pudiese caber en un cuerpito tan pequeño. El contraste entre la aparente fragilidad anatómica del niño y la cruda fortaleza de sus vocablos me conmovió, me perturbó: creo que si Tadzio hubiese pronunciado tales palabras, la breve novela de Thomas Mann habría sido aún más breve; con toda seguridad Von Aschenbach habría precipitado su fin al morir de un soponcio. Nos habríamos quedado sin novela y sin película.




El egoísmo, motor incansable de la actividad intelectual, tensó mi maltrecha red neuronal: “con la suerte que tengo… este pillastre tiene toda la pinta de llegar a ser alumno mío en unos años… a ver si repite un par de veces primaria y me libro…”. Anticipándome a los acontecimientos, mi mente se lanzó cual perro de presa a la caza del culpable… porque si hablar a esa edad de forma tan poco prometedora es un crimen… necesariamente ha de existir un culpable, un inductor: alguien habrá inoculado en el frágil cerebro de este querubín esta desafortunada versión ampliada del Diccionario de la Real Academia.

Por razones de economía mental, recurrí acogí a los siempre infalibles principios del materialismo dialéctico: indaguemos en las “contradicciones del sujeto”, en el ámbito de “lo real” (el mundo es materia) y resolveremos con presteza y éxito nuestras pesquisas.  

Como los “libros” son “materia”, y materia controvertida (tanto en el continente como en el contenido), especulé con la posibilidad de que los nuevos “libros de texto” (¿acaso habrá libros sin texto?), fruto de tantas y tantas reformas educativas habidas desde que yo cursara la EGB, hubiesen ampliado su vocabulario en dirección tan equivocada. No me pareció una respuesta sensata.  

Y así, de manera reiterada, repasé mentalmente las posibles causas del prematuro desarrollo verbal del querubín: la escuela, los maestros, la tele, santa “Play – Station”… todas las respuestas posibles tenían un denominador común: proyectar toda responsabilidad sobre “los otros”. Una muestra de astucia mental: con frecuencia derivamos hacia los otros las responsabilidades propias, admitir la culpa propia es lo último.

Creo finalmente haber identificado la contradicción que ha originado esta digresión: es la contradicción que existe entre el profundo y sincero amor que sentimos por nuestros hijos y lo poco que invertimos en su educación. Dice el poeta que “habiendo en la palabra todo el misterio y toda la luz del mundo, deberíamos hablar como encantados, como deslumbrados; porque no hay nombre, por ínfima cosa que represente, que no haya nacido en un instante de inspiración”.

domingo, 17 de marzo de 2013

ELOGIO DEL LÁPIZ



Estimados alumnos, estimadas alumnas: me preguntáis qué opino de los planes de la Administración para dar el gran salto tecnológico a un mundo sin libros, lápices ni libretas. Me temo que no os puedo ofrecer una respuesta definitiva: ni siquiera he aceptado de buena gana el vapuleo que nuestra gramática ha recibido de manos de la Real Academia… me veo por los suelos recogiendo tildes, hiatos y diptongos como el aplicado hacedor de un puzzle al que el viento ha tirado las piezas… si no sé dónde colocar las tildes ¿cómo habré de ayudaros en ello?

Evaluar la bondad de las innovaciones técnicas es difícil, sobre todo “a priori”, cuando de lo que se trata es de decidir a qué ritmo y hasta qué punto queremos que la tecnología forme parte de nuestra vida y la condicione. No se trata de una reflexión abstracta: hablamos de decisiones cotidianas como la introducción masiva de las nuevas tecnologías en las escuelas, la sustitución de las herramientas tradicionales (libros, lápices…) por “tablets”…

Lo “nuevo” genera en nosotros una mezcla casi morbosa de atracción y rechazo: el ser humano no puede progresar ni individual ni colectivamente sin asumir riesgos; permanecer inmóviles a menos que se nos garantice el resultado deseado conduce a la esclerosis.

Por otra parte, ni siquiera “a posteriori” es siempre fácil evaluar la bondad de los cambios: primero deberíamos consensuar el significado del término “a posteriori”. “A posteriori” es “después”… pero ¿cuánto tiempo es “después”? ¿un año? ¿un siglo?... Es sobradamente conocida la desconcertante respuesta del que fuera primer ministro chino, Zhu En Lai cuando, a su paso por Ginebra para negociar el fin de la guerra de Corea (1953) se le requirió su opinión sobre las consecuencias de la Revolución Francesa (1789): “aún es pronto para saberlo”, respondió.

La perspectiva del individuo que efectúa el análisis también resulta determinante: la opinión de Luis XVI acerca de la guillotina como producto del talento humano, probablemente difería de la de los diputados que votaron a favor de su sentencia de muerte (1793). Y probablemente la opinión del propio Robespierre al promover el regicidio tampoco habría de coincidir con la que tendría posteriormente, cuando él mismo fue guillotinado (1794)… pero la guillotina, en todos los casos, era la misma.

Quizá un ejemplo pueda aclarar algo.

En 1794, el joven Eli Whitney patentó la desmotadora de algodón. Quienes hayan tenido alguna vez en sus manos un copo de algodón habrán comprobado que en su interior anidan unas numerosas a la par que inoportunas semillitas, semejantes a las de un kiwi. Limpiar de semillas la esponjosa fibra de algodón era una tarea lenta y dura, absorbía mucho tiempo y encarecía notablemente el producto final, a pesar del reducido coste de la mano de obra esclava. El invento de Whitney permitía abaratar significativamente la elaboración del algodón y hacer mucho más rentable su producción. La era del algodón barato y el consumo masivo de tejidos había comenzado.

Visto así ¿no ha de ser necesariamente favorable nuestro veredicto sobre la máquina de Whitney?.



No podemos juzgar la calidad de una película si sólo hemos visto una secuencia. Gracias a esa innovación se produjo una demanda masiva de mano de obra esclava: mientras los esclavos se habían ocupado del “cardado” manual del algodón su presencia en las colonias norteamericanas había sido escasa. Ahora, dedicados en exclusiva a la “recolección”, la esclavitud se tornó extremadamente rentable; lo cual propició además las primeras aventuras imperialistas de ese nuevo país llamado Estados Unidos, otrora colonia sometida al imperialismo británico: el hambre de tierra para cultivar algodón sólo podía saciarse expandiéndose hacia el oeste y hacia el sur, mediante el recurso a la sistemático a la violencia contra la población indígena. El robo de tierras, el asesinato de indios y el secuestro de africanos se disparó gracias al bueno de Whitney.

¿Cómo era…? Ah sí, la “tablet”… Las nuevas tecnologías abren muchas incógnitas. Desde luego una actitud “luddista” no es razonable: no podemos permitirnos el lujo de renunciar al gran incremento de productividad asociado a las innovaciones a pesar de que traerán necesariamente consigo la destrucción de puestos de trabajo “tradicionales”. Hay que pensar en como reconducir ese proceso en beneficio colectivo porque permite liberar al ser humano de la dictadura del trabajo.

Tampoco es razonable zanjar el debate acusando de sentimentalismo a quienes expresan sus dudas sobre la sustitución del libro y el lápiz (de niños decíamos “lapicero”) por la “tablet”: yo mismo confieso cierta deriva fetichista a favor del libro tradicional, y de la escritura manual frente al “clickeo” del ratón; y aún experimento en la intimidad un extraño placer al recordar la mano de la “señorita Ana” guiando la mía, para trazar una caligrafía perfecta entre efluvios de gráfito y papel.

Visto dialécticamente hemos de reconocer que también el lápiz en el momento de su aparición una “nueva tecnología”: lo nuevo siempre lleva en su seno la semilla del envejecimiento. El propio “ratón” acabará pronto en los anaqueles de las antiguallas.

La tecnología es lo que hacemos de ella. El sistema (sí, eso que se llama capitalismo) tratará de hacer de ella un instrumento de dominación. Me gustaría saber qué ha planeado la élite al respecto: con qué intención nos proporcionan esta tecnología.

Si dependemos en exclusiva de un ratón o de una pantalla táctil para transmitir información adquirir conocimiento... o para relacionarnos en general ¿quién nos asegura que seguiremos siendo libres? Quien tenga poder para desconectarnos de la red tiene en sus manos nuestra muerte civil. Tampoco tengo claro que la pérdida de la habilidad manual que va asociada al manejo del lápiz puede ser beneficiosa: quizá nos volvamos unos idiotas que tratan de sobrevivir en las procelosas aguas de Google… muchos datos… poca información. Idiotas como el naufrago de Coleridge que aferrado a una tabla cantaba aquello de “agua, agua por todas partes… y nada que beber”.


[Y sobre el rescate bancario pincha en "¿Cuánto cuesta el rescate bancario?: una estimación provisional"]

jueves, 14 de marzo de 2013

Euro - Fetichismo



En la actual crisis económica la élite financiera europea ha puesto todo su empeño en salvar el euro, anteponiendo este objetivo al de garantizar el bienestar y las libertades de los ciudadanos: pero el euro, al menos en su diseño actual, es insostenible y a medida que pasa el tiempo y se acumulan desequilibrios, los Estados tienen que recurrir a dosis crecientes de violencia policial y social para mantenerlo a flote.

La élite ha logrado, por el momento, silenciar el debate sobre el futuro de la moneda única proyectando sobre la ciudadanía la idea de que la recuperación económica depende del éxito del euro. Esta estrategia se sostiene sobre bases irracionales como la confianza fetichista en la “sabiduría de la élite” y el “desprecio por la experiencia histórica”, elementos ambos que nos han conducido a un peligroso ejercicio de procrastinación: la acumulación de contradicciones en el seno de la eurozona no va a detenerse por más que desviemos la mirada, sólo lograremos aumentar su coste económico y humano.



Gramsci ya alertó sobre la tendencia de las masas a aferrarse a las ideas trasmitidas por “hombres de prestigio”, a modo de parapeto ante la acumulación de evidencias críticas que les son contrarias: un análisis racional puede situar al individuo frente a contradicciones dolorosas entre aquello en lo que siempre creyó y aquello que la razón demuestra ser cierto. La vía de escape consiste en invocar la autoridad de un referente intelectual aparentemente superior, aquellos a quienes en alguna ocasión oímos defender con brillantez las ideas que ahora parecen desmoronarse ante los argumentos del adversario: son los intelectuales orgánicos.

Fetichismo: la élite financiera utiliza en beneficio propio esa tendencia fetichista a atribuir una inteligencia superior a quienes han logrado la prosperidad y, por extensión, a las sociedades a las que pertenecen: creemos que los ricos son ricos porque son más inteligentes, porque “entienden” de finanzas, porque tienen un dominio sobre la materia del que nosotros carecemos. Por la misma razón creemos que las naciones ricas lo son exclusivamente por el talento y la laboriosidad de sus gentes cuando, como en el caso del imperialismo o la especulación, su riqueza puede proceder del expolio y de la estafa.

En la situación actual la Sra. Merkel es el rostro visible de las élites que lideran el diseño de los planes de salida de la crisis. Podría ser cualquier otro Gobierno porque, al fin y al cabo, el euro no es un producto alemán sino un proyecto de la burguesía europea. Alemania es la economía que, de momento, mejor resiste la crisis y por eso le ha correspondido el papel de actor principal en el debate. Por tanto nos equivocamos si afrontamos el debate en clave Alemania vs Europa.

Por su aparente prosperidad e inmunidad ante la crisis, el respaldo del Gobierno alemán al euro alimenta en la conciencia ciudadana la creencia de que la moneda única es viable porque tiene de su parte a aquellos que han logrado construir una sociedad próspera. El corolario lógico es que los ciudadanos de los países periféricos hacemos bien si nos adherimos acríticamente al plan que las élites han trazado porque ellas conocen el secreto del éxito.

Pero la prosperidad alemana es ficticia: de momento Alemania ha ido esquivando gracias a la ganancia de competitividad relativa que le permite el hecho de que sus principales socios comerciales (eurozona) no puedan devaluar sus monedas. Pero esa ventaja se diluirá a causa de la obcecación de las élites en promover políticas económicas recesivas que empobrecen las finanzas de sus socios comerciales y debilitan su capacidad exportadora. Cuando la periferia alemana sea un erial ¿quién comprará los magníficos, pero inaccesibles, productos alemanes? Ya sucedió en los 90: la economía alemana se hundió lastrada por la sobrevaluación del marco.

Las muestras de agotamiento de Alemania ya están ahí: cuando parecía que la recesión de 2009 había quedado atrás la economía alemana comenzó a desacelerarse nuevamente y cerró 2012 con un desalentador crecimiento del 0´7%. Y todo apunta a que los años venideros serán aún peores.

La economía alemana también sufre un importante deterioro en términos de calidad de vida y equidad. Basta con echar un vistazo a los indicadores oficiales (Eurostat) y comparar la situación actual con la de 2000, justo antes de que el gobierno del socialdemócrata Schroeder emprendiera las reformas neo – liberales conocidas como Agenda 2010 o Hartz – IV. Todos los indicadores muestran una precarización de las condiciones de vida. En primer lugar el Índice de Gini ha pasado de 0´25 a 0´29, indicando una tendencia a una mayor desigualdad en el reparto de la renta. La brecha entre lo que ganan los más ricos y los que ganan los más pobres ha aumentado: la brecha entre los ingresos del 20% de población más rica en comparación con la renta del 20% de población más pobre ha pasado de 3´5 a 4´5. El mercado de trabajo ha experimentado una enorme precarización: los contratos a tiempo parcial han pasado de suponer el 20´8% al 26´6% del total, y ahora 15 trabajadores de cada 100 tienen contrato temporal frente a los 12 del año 2000. Como consecuencia de lo anterior el riesgo de incurrir en situación de pobreza se ha incrementado notablemente: según Eurostat, en Alemania hay 16 millones de pobres, el 19´9% de la población. ¿Un panorama digno de admiración?

Desprecio por la experiencia histórica: paralelamente al deslumbramiento que produce en la conciencia de los individuos “la sabiduría de la élite”, surge otra frustrante muestra de irracionalidad: la negativa sistemática a aprender de las experiencias pasadas y de las experiencias foráneas a pesar de su estrecha relación con la crisis actual.

Podríamos citar numerosos ejemplos, algunos especialmente ilustrativos.

Uno de ellos, el debate sobre la incorporación y posterior abandono del patrón – oro por el Reino Unido, resulta esclarecedor. En 1924 el Ministro del Tesoro, Winston Churchill, decidió restablecer el patrón cambio – oro para la libra esterlina, con la misma paridad que antes de la I Guerra Mundial. Esto equivalía a fijar el tipo de cambio del mismo modo que en 1999 España fijó su tipo de cambio al euro con una paridad de 166´386 pta/€. La consecuencia inmediata fue la pérdida de competitividad de las exportaciones británicas y un grave desequilibrio en su Balanza de Pagos, lo cual provocaba una creciente salida de oro, el mismo oro cuya presencia en los sótanos del Banco de Inglaterra debía servir de soporte – garantía al papel moneda emitido al tipo de cambio fijado.

A pesar del evidente fracaso, Churchill se negó a dar marcha atrás y trató de hacer frente a la sangría de las reservas de oro solicitando a Estados Unidos la reducción de sus tipos de interés. De ese modo los bonos norteamericanos perderían atractivo frente a los británicos, permitiendo compensar al menos en parte la sangría de reservas. Los resultados fueron nefastos: la reducción de tipos en Estados Unidos contribuyó a alimentar la burbuja especulativa en Wall Street, germen del crack de 1929. En 1931, con Churchill ya fuera del Tesoro, Gran Bretaña abandonó el patrón oro y devaluó su moneda. ¿De qué sirvió negar una y otra vez la evidencia de que un tipo de cambio sobrevaluado era insostenible?

Otro caso, más grave si cabe desde el punto de vista analítico, lo constituye la experiencia Argentina con la “Ley de Convertibilidad”. En este caso, al desprecio por la experiencia histórica viene a sumarse lo que Samir Amín denominó “eurocentrismo”: una perversión ideológica rayana al racismo y la xenofobia que nos conduce a menospreciar lo que sucede en terceros países, especialmente los del Tercer Mundo, como si la historia de Europa fuera el paradigma indiscutible de la prosperidad. En términos sencillos: somos propensos a creer que las desgracias que acontecen a las economías del Tercer Mundo son lógicas porque, al fin y al cabo, son sociedades intelectual e institucionalmente inferiores a las europeas.

La ingrata experiencia Argentina: el gobierno del peronista Carlos Saúl Menem instauró en 1991 la paridad dólar – austral. Lo que pretendía ser el final de la pesadilla híper – inflacionista y la inauguración de una era de prosperidad basada en la afluencia masiva de capitales foráneos atraídos por una moneda estable se transformó en un caos que terminó dramáticamente con la huida en helicóptero del presidente Fernando de la Rúa en 2002 y el corralito. Se había repetido la misma historia: la paridad devino en una apreciación real de la moneda argentina con la consiguiente pérdida de competitividad de sus exportaciones. La fuga de dólares (que como en el caso del oro británico servía de respaldo a la moneda local) se enmascaró temporalmente gracias a la entrada de capitales especulativos y por los ingresos obtenidos con las privatizaciones masivas de empresas públicas. Cuando el entorno financiero internacional se enrareció (1997) y no quedó nada por privatizar, el desequilibrio de la Balanza de Pagos no halló financiación. Los ciudadanos acudieron masivamente a rescatar sus depósitos bancarios: pero ya no había dólares en las cajas de los bancos y el Gobierno argentino acordó el célebre “corralito”.

            El coste de la irracionalidad. Cuando se explica a los estudiantes de Economía el origen y ventajas del dinero, los manuales de economía invocan con asiduidad el problema de la “doble coincidencia de necesidades”: desde Aristóteles (Política, capítulo II), si no antes, sabemos que  la invención del dinero permitió que la humanidad superase la era del trueque aumentando la eficiencia de la actividad económica; sin dinero nuestro nivel de vida sería similar al de la Edad Media. Ahora parece que estamos recorriendo el camino inverso. El crédito no para de decrecer en la eurozona desde 2008: actualmente cae a un ritmo del -2%  y nadie está haciendo nada por solucionarlo ¿No afectará ello al funcionamiento de la economía? ¿Durante cuanto tiempo podrá aguantar en esas condiciones la economía europea? La experiencia argentina es esclarecedora: la falta de efectivo llegó hasta tal punto que los gobiernos locales tuvieron que emitir su propia moneda (“patacones”) y se crearon clubs de trueque por todo el país con su propia moneda (el “crédito”). ¿Vamos a ser tan irracionales como para revivir esa misma historia?

La moneda única fue presentada como un elemento cohesionador que fortalecía no sólo la unión económica sino también la unión política de Europa. Y hay mucho de cierto en ello, pero si dejamos su control en las manos equivocadas puede convertirse en una herramienta de dominación política.

Cuando se constituyeron los Estados Unidos de América tuvieron lugar dos agrios debates que dieron al traste con el sueño de fraternidad de George Washington: la distribución de poder entre el nuevo gobierno central y los gobiernos locales; y la creación de un Banco Central nacional. Las antiguas colonias sabían que su soberanía podía ser fácilmente pisoteada por quien controlase la emisión de una moneda común, como antes lo había hecho Gran Bretaña. Dos siglos después eso mismo es lo que nos ha sucedido con la creación del Banco Central Europeo, constituido en cuarto poder (sin legitimidad democrática) independiente de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial. El temor de los estados norteamericanos lo hemos sentido en nuestras propias carnes: ahí está la reforma del artículo 135 de la Constitución Española (27 de septiembre de 2011), impuesta por la élite financiera europea; un golpe de estado en el que las pistolas fueron sustituidas por las planchas con las que se fabrican los billetes de 500 €.

Haríamos bien en prepararnos política e intelectualmente para cualquier contingencia que pueda suceder con el euro: quizá nos echen del Club… o quizá el propio Club se disuelva. Lo mejor: una solución racional, planificada, sin fetichismo.

[Y si quieres saber más sobre el coste del rescate bancario en España puedes bajarte el artículo "¿Cuánto cuesta el rescate bancario? Una estimación provisional"].

lunes, 4 de marzo de 2013

LA CENICIENTA

Hace unos días se cumplieron setenta y cuatro años de la muerte en el exilio de ANTONIO MACHADO, probablemente el mejor poeta español de todos los tiempos. Como era de esperar, el vendaval de corrupción y el desprecio endémico por la cultura han hecho que, una vez más, este país olvide fecha tan señalada. En Francia, los grandes hombres de la cultura están enterrados en el Pateón de París, en España o emigran , o se exilian... o mueren sin un duro en el bolsillo. Y mientras, el peor español del siglo XX perpetúa su siniestra memoria en ese monumento a la ignominia que es "El Valle de los Caídos".

Ahora que la enseñanza pública está siendo destruida, conviene recordar que Machado era profesor de instituto. Su mote (todo profesor que se precie tiene al menos uno) era "La Cenicienta": fumador empedernido dejaba un rastro de ceniza por las aulas en las que impartía sus clases, su "torpe aliño indumentario" también destacaba por las manchas de ceniza, y casi siempre llevaba algún cigarrillo apagado en los bosillos de su chaqueta. Nadie es perfecto, pero lo admiramos y lo recordamos.