“Marx desde Cero o Marx sin Contexto”,
Dr. José Francisco Bellod Redondo
Filiación académica: investigador independiente.
https://orcid.org/0000-0002-3025-8403
versión: 03/09/2025
Resumen: en este artículo, nacido de la lectura crítica de la obra Marx desde Cero…, de los profesores D. Luis Alegre D. Carlos Fernández Liria, y defendemos la necesidad de contextualizar la teoría laboral del valor en la didáctica de la Economía Marxista. El legítimo pluralismo que debe presidir la lectura y difusión de la obra de Marx, y en particular El Capital, no puede confundirse con la utilización espuria o apresurada de textos, ni menos aún derivar en la rendición frente a teorías económicas neoclásicas que juegan un buen papel como legitimadoras del orden existente pero que, por su idealismo, carecen de poder explicativo sobre el funcionamiento real del sistema económico.
Palabras clave: marxismo analítico, plusvalía, explotación, didáctica del marxismo.
“Marx desde Cero or Marx Without Context”
Abstract: In this article, born from a critical reading of Marx desde Cero..., we defend the need to contextualize the labor theory of value in the didactics of Marxist Economics. The legitimate pluralism that should preside over the reading and dissemination of Marx's work, and in particular Capital, cannot be confused with the spurious or hasty use of texts, nor even less so lead to surrender to neoclassical economic theories that play a good role in legitimizing the existing order but that, due to their idealism, lack explanatory power regarding the real functioning of the economic system.
Keywords: analytical Marxism, surplus value, exploitation, didactics of Marxism.
1. Introducción
En 2018 se celebró el bicentenario del nacimiento de Carlos Marx y tal y como cabía esperar en tan señalada ocasión, en el ámbito científico-académico se vivió un renovado interés por el pensamiento marxista. También el mercado editorial produjo gran cantidad de publicaciones relacionadas con la obra de tan insigne pensador. Una de ellas fue el libro Marx desde Cero… Para el Mundo que Viene, de los profesores Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahoreno, editado por AKAL, texto que a su vez era una versión presuntamente adaptada para el gran público de otro mucho más extenso y ambicioso publicado en 2010, con el título El orden de El Capital. Por qué seguir leyendo a Marx. Puede decirse que Marx desde Cero... cosechó un notable éxito teniendo en cuenta que tuvo dos ediciones, lo cuál es algo infrecuente tratándose de una obra sobre pensamiento marxista. Además, justo es decirlo, Marx desde Cero… fue objeto de muy elogiosas reseñas en numerosas revistas de filosofía y pensamiento político entre las que cabe destacar las de Ortega Reina (2019), Pérez Monterroso (2019), García de las Bayonas Delgado (2020) o Blaya Melchor (2021). Porque, y eso es muy importante dejarlo claro desde el principio, se trata de un libro a caballo entre la filosofía y el pensamiento político.
En realidad, contrariamente a lo que el título sugiere (Marx desde Cero...) y a lo que los autores anuncian al comienzo de la monografía, ni el texto sirve como introducción a “la obra de Marx” ni parece haber sido escrito pensando en hacer ésta más accesible para el gran público. En primer lugar porque el contenido del libro versa exclusivamente sobre El Capital y es bien sabido que “la obra de Marx” es mucho más amplia y abarca otras dimensiones más allá de la Economía: quizá, en atención a los potenciales lectores, hubiera sido más acertado titularlo El Capital desde Cero... o Introducción a El Capital... En segundo lugar, pese a lo indicado en sus primeras páginas, el libro no parece estar redactado para hacer asequible su lectura al lector común: su compleja estructura y su redacción algo confusa se alejan del pretendido nivel didáctico que el título sugiere. Todo ello es un grave inconveniente dada la dificultad inherente a la materia: si la Economía es una disciplina difícil, el pensamiento económico de Marx lo es aún más. Y lo es tanto por el personalísimo estilo literario de Marx, como por el carácter interdisciplinar de sus textos, como por el hecho de escribir en alemán, lo cual siempre ha constituido un auténtico quebradero de cabeza para sus traductores.
En nuestra opinión, razones de eficacia aconsejan que en los libros con vocación didáctica (y Marx desde cero… se supone que lo es pues así se anuncia en sus palabras introductorias y así lo sugiere el título), se sacrifiquen cualesquiera otros objetivos de los autores al logro del objetivo principal, que no puede ser otro que la transmisión ordenada, sistemática, de unos conocimientos que el público lector está deseoso de aprender, y a los cuales no lograría acceder acudiendo directamente a los textos originales de Marx dada su complejidad, extensión y dispersión. Pero en el caso que nos ocupa sucede lo contrario: desde las primeras páginas los autores parecen haber subordinado la didáctica de la Economía Marxista a la difusión de otro mensaje (su “lectura republicana de Marx”) y haciéndolo así provocan el descarrilamiento del texto al menos en lo que se refiere a la consecución del objetivo didáctico expresamente anunciado por ellos.
Porque en realidad Marx desde Cero... no es un texto didáctico de Economía Marxista sino un libro de pensamiento político, escrito en clave filosófica, en el que la motivación principal declarada por sus autores es la defensa la ya mencionada “lectura republicana de Marx”, a saber: sostener la idea ya manifestada años antes en El orden del Capital acerca de la “incompatibilidad radical entre el capitalismo por un lado y el derecho, la ciudadanía y la libertad, por otro”. Pretenden además los autores “una lectura [de Marx] que, libre de las deformaciones que impuso la escolástica marxista, nos permita no confundir todo aquello que dio a luz la Ilustración con las aguas sucias del capitalismo”.
Hechas las salvedades anteriores, podemos pasar a la cuestión de fondo que ha motivado la redacción de estas líneas.
2. El “error fatal” de Marx
Tanto si el libro es utilizado por personas deseosas de iniciarse en el pensamiento marxista, como si se trata de lectores ya iniciados en la materia y que pudieran estar interesados en el debate que plantean los autores acerca de la conexión entre el pensamiento de Marx y la Ilustración, hay en Marx desde Cero… un elemento harto problemático que llama poderosamente la atención, y sobre el que conviene reflexionar y proponer algunas correcciones, so pena de que el lector se forje una idea falsa acerca del pensamiento económico de Carlos Marx. Nos referimos a la crítica que los profesores Fernández Liria y Alegre Zahonero realizan sobre “la adhesión” de Marx a la teoría laboral del valor, piedra angular de su pensamiento económico, crítica que realizan apoyándose en textos extractados de la obra de dos eminentes economistas burgueses: J. A. Schumpeter (1883-1950) y P. A. Samuelson (1915-2009).
En el Capítulo II, titulado “El problema de la teoría del valor”, los autores afirman que según la acreditada opinión de Schumpeter “Marx podría haber sido el Galileo de la economía. Sin embargo, a su juicio, Marx cometió un error fatal nada más comenzar: adherirse a la teoría del valor”… Y siguen: “Schumpeter nos informa a renglón seguido de que Marx comete un error fatal, nada más y nada menos que al dar el primer paso: se apunta a la teoría del valor-trabajo heredada de Ricardo (la teoría laboral del valor), y, al hacerlo, comienza por la peor de las opciones que tenía a mano”…
En ese mismo capítulo, y sirviéndose esta vez de la opinión del eminente profesor Samuelson, los autores insisten en la idea del error estratégico de Marx: “lo primero que conviene mencionar es que esta adhesión a la teoría del valor es la que ha convertido a Marx en un exiliado de la economía convencional moderna… Pues, en efecto, Marx no es un interlocutor habitual en las facultades y escuelas de Economía. De hecho, la economía, en general, no hace nada con Marx, ni siquiera discute con su obra para refutarla, como si este autor se hubiese situado desde el principio en un terreno que no es el de los modernos estudios económicos”.
Llegados a este punto surge inevitablemente un interrogante: si los autores pretenden realizar una “lectura republicana de Marx” ¿qué necesidad hay de arremeter contra su teoría del valor trabajo? O más específicamente ¿qué necesidad hay de arremeter contra la decisión de Marx de “adherirse a” dicha teoría? ¿Realmente era, como sostienen los autores, “la peor de las opciones que [Marx] tenía a mano”? Porque, como hemos indicado, lo hacen reiteradamente y en términos muy severos. Sinceramente: de la lectura del libro no se infiere la necesidad ni la utilidad de dicho ataque.
Esa crítica a la “adhesión” de Marx a la teoría del valor trabajo (y la crítica a dicha teoría en sí misma), además de innecesaria (e ineficaz) para sostener la “lectura republicana” pretendida por los autores, resulta insostenible, injusta y contraproducente. Insostenible e injusta porque se basa en una interpretación absolutamente descontextualizada del estado de la Economía Política en la época en la que Marx le tocó vivir, formarse y crecer como economista. Y contraproducente porque al lector bienintencionado que recale en Marx desde cero… con la idea de aprender Economía Marxista se le suministra formación falsa, cosa que a buen seguro no puede ser del agrado de ningún docente.
¿En qué basamos estas consideraciones?
Como es bien sabido por cualquier persona que conozca algo de Economía Marxista y de Historia del Pensamiento Económico, la Teoría Laboral del Valor o Teoría del Valor Trabajo ocupa un lugar central, vertebrador, en la obra de Carlos Marx. Está presente en El Capital y en muchas otras obras que precedieron a su redacción: es el combustible teórico que utiliza Marx para alimentar la locomotora de la lucha revolucionaria. Porque, y esto es muy importante recordarlo, Marx es un autor “abierta militante” y sus escritos no tienen otra intención que dar sustento, apoyo, a la clase trabajadora en la lucha contra la burguesía por el advenimiento del Socialismo. Y es conveniente aclarar que, como indica Dobb (1973), lo que en el siglo XIX se entendía por “teoría del valor” era algo mucho más amplio que una mera “teoría de los precios”: en una época en la que conceptos como macroeconomía y microeconomía aún no habían hecho su aparición en escena, de una teoría del valor se esperaba que explicase los precios de las mercancías, la distribución del ingreso entre las clases sociales típicas de la época (obreros, capitalistas y rentistas) y que contribuyese así a vislumbrar el devenir del sistema (el llamado “problema de la acumulación”).
Con ese ánimo Marx inicia su formación autodidacta como economista, formación, todo hay que decirlo, que precisamente por su carácter autodidacta fue objeto de hirientes comentarios y continuos menosprecios por parte del mismo profesor Samuelson que citan Fernández Liria y Alegre Zahonero. Así, con ocasión de su discurso presidencial en la reunión anual de la American Economic Association, Samuelson no dudó en calificar a Marx de “ricardiano menor” al que más le hubiera valido recibir algunas clases en la Universidad de Harvard.
Efectivamente Marx comienza a formarse como economista de forma autodidacta en la década de los ´40 del siglo XIX recurriendo, como haría aún hoy cualquier estudiante universitario, a la mejor literatura del momento. Y está fuera de discusión que, en materia de Economía, el siglo XIX en el Reino Unido es el siglo de la Teoría Laboral del Valor: puede afirmarse recurriendo a la terminología popularizada por Kuhn (1962), que la Teoría Laboral del Valor constituía el paradigma, la “ciencia normal”, entre los economistas de la época bien en su versión original ricardiana, popularizada por el propio Ricardo y sus principales discípulos (McCulloch y De Quincey), bien en la versión refinada (desnaturalizada) de “coste de producción” elaborada por Stuart Mill. De hecho, como bien indica Blaug (1985), uno de los más notables y ecuánimes historiadores del pensamiento económico, los Principios de Economía Política de Stuart Mill, editados en 1840, fueron hasta 1890, el libro de texto hegemónico en la formación académica de los economistas británicos. Y, como ya hemos indicado, por lo que respecta a la teoría del valor, los Principios de Stuart Mill no son sino una trasposición refinada (desnaturalizada, insistimos) de la teoría ricardiana del valor trabajo. Sin embargo Marx prefirió adherirse directamente a la obra Ricardo por considerar los Principios de Mill “sincretismo vacuo”, dado su tratamiento del beneficio beneficio capitalista y el protagonismo que Stuart Mill ofrece al papel de la oferta y la demanda en la determinación de los precios.
Volviendo sobre lo dicho: ¿podía Marx haber optado por adherirse a alguna teoría alternativa a la del valor trabajo de entre las disponibles en ese momento? Si por alternativas consideramos las diversas teorías que bajo la común etiqueta de “teoría subjetiva del valor” estaban apareciendo, lenta y de modo disperso, como alternativas a la economía ricardiana, la respuesta no puede ser sino negativa. Ciertamente, antes de la irrupción de Marx en escena, la teoría del valor trabajo ya era objeto de críticas: como “teoría de los precios” se la consideraba una teoría deficiente debido a su falta de generalidad y a su incapacidad para explicar los precios de lo bienes de oferta fija o inelástica. El propio Ricardo había tenido enconados debates con algunos de sus contemporáneos como Malthus, Bailey, Longfield... Pero como sostiene Blaug (1985, p. 380) aunque el marginalismo va a aportar mayor generalidad y economía de argumento en sus explicaciones de los precios no es menos cierto que “un crítico severo podría decir que la economía neoclásica logró en efecto una generalidad mayor pero sólo porque se planteó interrogantes más fáciles”. Las diversas teorías subjetivas del valor que van surgiendo a lo largo del siglo XIX no son lo que hoy llamaríamos con propiedad “teorías de precios”, sino sólo formulaciones que, tratando de escapar de la teoría del valor trabajo, se centraban en “el lado de la demanda”, esto es, sólo explicaban la valoración que los consumidores hacían de los bienes, su disposición a pagar por diversas cantidades en función de unas preferencia y de una renta dada. Pero esas teorías, bastante disímiles entre sí, por cierto, tardarían mucho en cuajar en una síntesis que realmente sepultase la teoría del valor trabajo: y esa síntesis fue la publicación de los Principles of Economics de Alfred Marshall en 1890...¡7 años después de la muerte de Marx! En tales condiciones difícilmente podía Marx adherirse a otra teoría que no fuese la ricardiana.
Pero además, la adhesión de Marx a la teoría del valor trabajo fue oportuna ya que, como han demostrado los trabajos de Meek (1972, 1980), aunque la historiografía burguesa atribuye a la “Revolución Marginalista” la quiebra del paradigma ricardiano, justo es reconocer a Marx el papel de catalizador de la crisis, si bien por razones fáciles de sospechar, la historiografía burguesa tiende a relegarle a un segundo plano, de modo que en los libros de texto de Historia del Pensamiento Económico se nos habla de “Revolución Marginalista” como punto de ruptura como si no hubiera habido una auténtica “Revolución Marxista” en la historia del pensamiento económico. Porque a diferencia de otros economistas de su generación, Marx llevó hasta sus últimas consecuencias la teoría del valor trabajo: se desvinculó de la teoría del “fondo de salarios”, criticó con dureza la “Ley de Say” y, por encima de todo, creó la “teoría de la plusvalía”. A partir de ahí la teoría del valor trabajo no sólo se constituyó en una eficaz herramienta para el análisis del funcionamiento del capitalismo sino también en una poderosa herramienta reivindicativa en manos de un movimiento sindical fuertemente organizado y ello, como indica Meek (1956, p. 251), exacerbó los ánimos de la clase burguesa y aceleró los trabajos marginalistas. Cabe aquí recordar que el siglo XIX es también el siglo de la “lucha por el salario”: los continuos conflictos bélicos (las guerras napoleónicas, la guerra de secesión estadounidense, la guerra franco-prusiana...) desataron brutales oleadas inflacionistas que hundían el salario real y frente a las reivindicaciones sindicales los economistas burgueses esgrimían la “doctrina del fondo de salarios”, absolutamente desacreditada por la teoría de la plusvalía, según la cual era inviable elevar los salarios. Una vez que Marx llevó la teoría del valor hasta sus últimas consecuencias, los economistas burgueses replegaron velas rápidamente y aceleraron el proyecto marginalista: la teoría ricardiana unida a la teoría del fondo de salarios había sido muy útil en el pasado para aplacar las reivindicaciones sindicales, pero la teoría ricardiana armada con la teoría de la plusvalía constituía ahora una arma peligrosa en manos del proletariado.
Llegados a este punto es fácil entender que el “exilio” de Marx en las instituciones académicas al que se refieren Fernández Liria y Alegre Zahonero no se explica en modo alguno por su “adhesión a la teoría laboral del valor” sino a su teoría de la plusvalía. Tanto si nos adherimos a la versión dura althusseriana según la cual las universidades son “Aparatos Ideológicos del Estado”, como si adoptamos una versión ideológicamente menos comprometida, no parece razonable creer que una doctrina que sostiene que el beneficio empresarial es fruto de la explotación pudiera ocupar un lugar central en el currículum de las Facultades de Economía de los países capitalistas. En este sentido Marx ha sido víctima de las estrategias ideológicas explicadas por Eagleton (1997, pp. 24 y 71) y Thompson (2002, pp. 91). Por ejemplo la estrategia de “invisibilización” cultural y curricular, un fenómeno ampliamente utilizado en la lucha política y de la que el pensamiento marxista ha sido y es víctima habitual: está perfectamente documentado que hay facultades de Economía, Filosofía o Sociología en las que generaciones de estudiantes han sido privados del acceso al conocimiento del pensamiento de Marx. Y al mismo tiempo, la Economía ha practicado sistemáticamente otras estrategias ideológicas como la “naturalización” de las instituciones burguesas, tales como la propiedad privada de los medios de producción o el mercado, lo cual es fácil de comprobar repasando los principales manuales de microeconomía. En resumen: es un error, o una broma de mal gusto, pretender que la exclusión de la obra de Marx de las instituciones académicas es consecuencia de adhesión a la teoría laboral del valor.
3. Lo que explican “los otros”
Porque, además, Marx desde cero… da a entender que la teoría laboral del valor no funciona bien porque no explica correctamente los precios de las mercancías. El debate sobre el llamado “problema de la transformación de valores en precios” es tan extenso y enconado que escapa a las posibilidades de este artículo. También aquí dispone el lector de un acervo ingente de literatura para consultar. Pero conviene dejar claras algunas cosas. Ya hemos explicado antes que la teoría del valor es algo más amplio que una teoría de los precios pero, incluso si aceptásemos esa visión reduccionista acerca del papel de la teoría del valor, lo cierto es que las teorías de precios nacidas de la “Revolución Marginalista” tienen un escaso poder explicativo y predictivo, si bien para cualquier lego en la materia hojear un manual de Microeconomía preñado de esotéricas fórmulas matemáticas, puede hacerle sentir que ha desembarcado en un paraíso de la sabiduría económica. Es muy fácil ser presa del fetichismo algebraico y confundir oscuridad con profundidad de análisis.
Ciertamente no es posible en estas líneas abordar un debate comparativo en toda profundidad sobre las virtudes relativas de la teoría del valor trabajo y las teorías alternativas, específicamente las que hoy conforman el paradigma burgués (la Teoría del Equilibrio Parcial, de tradición marshalliana y la Teoría del Equilibrio General Competitivo, de tradición walrasiana). Además son precisamente los especialistas en Filosofía de la Ciencia, y no los economistas, los que nos han enseñado con sus debates de los últimos 50 años que comparar teorías no es una tarea menor: ahí están el problema de la inconmensurabilidad, la cuestión de la metainducción pesimista y el problema de la infradeterminación de las teorías. Y además hace tiempo que casi todos tenemos claro que, como sentenció el Premio Nobel Maurice Allais, “en todas las épocas de la historia el éxito de las doctrinas económicas no ha sido asegurado por su valor intrínseco, sino por el poder de los intereses y sentimientos a los que parezcan favorables”.
Pero no sería justo que los lectores de Marx desde cero… quedasen con la falsa impresión de que la teoría laboral del valor carece de valor explicativo mientras que los desarrollos teóricos producidos a partir de las “teorías subjetivas de valor” y que constituyen el “paradigma neoclásico”, proporcionan genuinas explicaciones científicas no ya sobre el funcionamiento del capitalismo, sino simplemente sobre algo tan concreto como la formación de los precios, tarea ésta última en la que al parecer fracasaron estrepitosamente Ricardo y el propio Marx. Aunque existe una ingente literatura al respecto, permítasenos ofrecer algunas pinceladas acerca de la capacidad explicativa del citado “paradigma neoclásico”, paradigma en el que han sido y serán educadas/adoctrinadas generaciones y generaciones de economistas, para que el lector de Marx desde cero… se haga una idea propia, siquiera somera, de en qué han desembocado esas otras opciones “que Marx tenía a mano” y que descartó para adherirse “fatalmente” a la teoría laboral del valor.
Ya desde un primer momento los primeros economistas marxistas se percataron de que con la “Revolución Marginalista” y el abandono de la teoría laboral del valor se producía una enorme pérdida: la Economía, nacida como ciencia social, pasaba de estudiar las relaciones entre seres humanos, entre clases sociales, a centrarse en la relación individuo – mercancía. Obviamente en ese “inocente” cambio de perspectiva, como por arte de magia, desaparecía un elemento central de la realidad estudiado a fondo por Marx: la explotación. Porque son unas clases sociales las que explotan a otras, no el individuo a la mercancía ni la mercancía al individuo. Y ese fue el primer paso de un largo proceso migratorio que llevó a la Economía a alejarse de la realidad, hasta convertirla en lo que es hoy: una ciencia ahistórica, rehén del platonismo y que ofrece relatos entre lo mitológico y lo metafísico. Es decir, la Economía como ciencia se mueve desde hace décadas en un plano netamente idealista en el peor de los sentidos.
A la vez que introducían el individualismo metodológico, los marginalistas sustituyeron el barroco estilo narrativo decimonónico por el cálculo diferencial y el lenguaje gráfico: las curvas de oferta y demanda habían llegado para quedarse. El problema es que la Ley de la Oferta y la Ley de la Demanda, más allá de su carácter intuitivo, debían ser dotadas de contenido teórico para ser herramientas con verdadera capacidad analítica. Y, siendo sinceros, se podría haber andado ese camino mirando hacia la realidad, pero los marginalistas y sus herederos optaron por construir modelos cada vez más alejados de ella. No conformes con sustituir el análisis de clase por análisis individuo – mercancía, atribuyeron al individuo típico unas funciones y unas capacidades absurdas y exorbitantes para cualquier ser humano medio, lo que se denomina “comportamiento racional”: a partir de sus preferencias el individuo es capaz de definir una función de utilidad que a su vez pretende maximizar recurriendo para ello a unos conocimientos matemáticos excepcionales. El planteamiento es tan absurdo que el Premio Nobel de Economía Herbert Simon lo denominó sarcásticamente “racionalidad olímpica”. Además, las mercancías que el consumidor se plantea adquirir son perfectamente divisibles (lo cual excluye buena parte de las realmente existentes… como automóviles, zapatos, bolígrafos…). A partir de ahí puede construir una función de demanda individual para cada mercancía.
Pero queda andar el mismo camino por el “lado de la oferta” y nuevamente se recurren a supuestos absurdos y absolutamente restrictivos, que retuercen la realidad hasta ajustarla a las necesidades del relato preconcebido: cada empresa (ya no existen capitalistas) maximiza una función de beneficios perfectamente definida produciendo un bien perfectamente divisible mediante una tecnología que puede representarse con una función de producción doblemente diferenciable. La empresa conoce el precio de los factores productivos (trabajo y capital) y se da por hecho que el capital es perfectamente divisible y maleable. Y por supuesto en ambos casos, oferta y demanda, individuo – consumidor y empresa disponen de información perfecta sobre todos los elementos presentes y futuros que afectan a sus respectivas funciones de utilidad y beneficios. ¡Información perfecta, ni más ni menos!
¿No es esta una explicación de los precios que se mueve entre lo mítico y lo metafísico? No sólo se atribuyen a individuos y empresas capacidades de cálculo fuera de toda realidad: es que de hecho sabemos que ni los consumidores ni las empresas actúan así. ¿Algún lector de Marx desde cero… ha tenido que maximizar una función de utilidad para decidir cuántos ejemplares de dicho libro desea adquirir… o cuántas barras de pan comprar hoy? Y sabemos de sobra, aunque el lector común no lo sepa, que los procesos productivos no son continuos ni doblemente diferenciables como las funciones Cobb-Douglas que se suelen utilizar para representarlos. Y también sabemos, aunque el lector de Marx desde cero... no lo sepa, que los rendimientos constantes (e incluso crecientes) a escala, tal y como los que hay implícitos en la teoría del valor de Marx, se asemejan más a la realidad, que las curvas de costes crecientes inventadas por Wicksell como un truco “ad hoc” para facilitar el cálculo del precio de equilibrio en el inverosímil modelo neoclásico.
A la vista de lo anterior ¿podemos sostener honestamente que esta teoría explica el precio de los bienes?
Es más, de la teoría laboral del valor se ha dicho, que no era capaz de explicar el precio de los bienes cuya oferta es fija o inelástica (una obra de arte, por ejemplo), lo cual es totalmente cierto. Pero ¿y las enormes carencias de la microeconomía convencional? Porque la misma Ley de la Oferta y la Demanda que acabamos de describir ¡es incapaz de explicar los precios de los bienes indivisibles! ¿Invalidamos la teoría laboral del valor porque no puede explicar el precio de los bienes de oferta fija pero obviamos que la microeconomía burguesa no explica el precio de los bienes indivisibles? Estamos rodeados de bienes indivisibles, unos de gran valor (automóviles), otros de escaso valor (bolígrafos…) ¿de qué nos sirve una teoría incapaz de explicar cómo se forma el precio de un automóvil? ¿y por qué es mejor que la teoría laboral del valor?
Esta Teoría de Equilibrio Parcial está además aquejada de un problema de razonamiento circular, tal y como lo advirtió Sraffa (1960): como saben los microeconomistas, la función de oferta individual de un bien es el tramo creciente de su curva de costes marginales. Pero no es posible conocer esa curva sin conocer previamente el salario y el precio del capital. Pero como en dicha teoría la demanda de factores productivos es una “demanda derivada” (depende del volumen intercambiado del bien en cuya producción participan)… necesitamos conocer primero el precio de los bienes en cuya producción intervienen ese trabajo y ese capital. ¿Un galimatías? Mejor llamémoslo razonamiento circular: para conocer el precio de los bienes… ¡necesitamos conocer el precio de los bienes…! Pero eso no es un inconveniente para que la teoría económica, en este caso y en muchos otros, presuma de calidad explicativa: el economista neoclásico, al contrario que el marxista, simplemente declara “exógena” aquella variable que es incapaz de explicar y le adjudica un valor arbitrario. Quizá Ricardo y Marx se habrían ahorrado muchos dolores de cabeza si hubieran declarado “exógeno” el precio de los bienes de oferta inelástica… Aunque no sabemos si a ellos la academia les hubiera permitido recurrir a tan extraño expediente…
Pero incluso conociendo el precio de los factores productivos, el cálculo de la curva de oferta requiere la existencia de una función de producción: se ha criticado a la teoría laboral del valor (especialmente a Marx) por suponer que el trabajo es homogéneo cuando obviamente no lo es pero, tomemos la famosa función Cobb-Duglas: ¿qué hace la microeconomía burguesa sino suponer que todo el trabajo que emplea una empresa es igualmente homogéneo? Por no hablar del capital: se supone que es perfectamente divisible y maleable, esto es, se puede combinar con cualquier cantidad de factor trabajo que se desee y transferir a cualquier sector productivo. ¿Por qué los practicantes del paradigma neoclásico consideran ilegítimo que Marx recurra a la abstracción en relación a la homogeneidad de la fuerza de trabajo mientras que para ellos es moneda común que tanto el trabajo como el capital sean considerados elementos homogéneos al formular cualquier función de producción? ¿qué racionalidad científica subyace en este doble rasero?
Estos abusos en la modelización teórica llegaron a su grado extremo, por no decir al paroxismo, con la denominada Teoría del Equilibrio General Competitivo (TEGC), la teoría llamada a dar el golpe de gracia definitivo a la economía marxista porque, ¿esta vez sí?, explicaba exitosamente los precios relativos de las mercancías, tarea en la que al parecer Ricardo, Marx y sus herederos habían fracasado estrepitosamente.
La TEGC está constituida por un conjunto de modelos que ha sufrido innumerables refinamientos y que tiene su raíz en la célebre obra del marginalista León Walras Éléments d'économie politique pure, ou théorie de la richesse sociale, editada en 1874. Pese al monumental esfuerzo contenido en su elaboración, los Éléments walrasianos, presentan graves problemas formales. En su versión original, amén del ya citado vicio marginalista de alejarse de la realidad construyendo un sistema idealizado de ecuaciones, el sistema contenía graves inconsistencias internas: para que el sistema walrasiano sea viable, esto es, que tenga solución, que sea única y que sea estable, se requiere no solo que las ecuaciones que lo componen sean lineales e independientes, lo cual no sucede en una economía real, sino de ciertas restricciones de no negatividad. A pesar de que la TEGC parte de axiomas absurdos como la ausencia de dinero, la información perfecta y de perfecta divisibilidad de los bienes, Walras fracasó en su intento de explicar los precios de equilibrio.
Desde su formulación original por Walras en 1874 se desató una carrera casi obsesiva por suplir las deficiencias del modelo original: no en vano podía dar el “golpe de gracia” a la economía marxista ya que era un modelo que “de verdad” explicaba el funcionamiento del sistema capitalista en su totalidad sin incluir conceptos insidiosos como “explotación” o “plusvalía”. Pero lo que aconteció en el camino fue un ejercicio de lo que Albert (2022) denominó “platonismo modelizador” o “modelización platonista”: la construcción de modelos absolutamente irreales, con enunciados absolutamente inverificables, basados en axiomas carentes de referente real, con un alto grado de sofisticación matemática pero cuya pretensión última es rehuir la falsación popperiana. Como explica Franco de los Ríos (2005), conscientes de las graves deficiencias del modelo original de Walras, sus seguidores optaron por imitar el proceso de axiomatización que tan exitosamente había aplicado Hilbert años atrás a la geometría. Dicho proceso desembocaría en el trabajo de Wald (1936) y en Arrow y Hahn (1971). Por supuesto el modelo, con sus axiomas absurdos e inverificables, suponía la migración a un mundo ajeno a los problemas prácticos de los seres humanos (platonismo), entre ellos la determinación de los precios relativos de los bienes auténticos que habitualmente producimos y consumimos, pero perfectamente aderezado con un virtuosismo matemático encomiable. No en vano Dagum (1978, p.13) no ha dudado de tacharlo de enfoque metafísico y Boulding (1991) de “mecánica celeste de un universo inexistente”. Blaug (1994, p.132), el eminente especialista en Metodología de la Economía, lo expresa en los siguientes términos: “toda correspondencia con la realidad es sacrificada en aras de la facilidad para el tratamiento analítico. El objetivo final es proveer el placer estético de un hermoso teorema, resolver ejercicios académicos que hemos construido porque tienen solución con las técnicas analíticas existentes y no proveer conocimiento sustantivo de comportamientos observables”. Pero quizá lo más dramático sea que los modelos del tipo TEGC, a pesar del empeño en recurrir a sofisticados entramados matemáticos no han logrado siquiera la meta original que se plantearon: como dice Nadal (2019, p. 539) en su evaluación de la TEGC, “no deja de ser irónico que el principal modelo teórico que sirve para justificar el neoliberalismo en el mundo hoy en día es un modelo no monetario, que no puede incluir bienes no divisibles y que utiliza una agencia centralizadora para poder llevar a cabo el ajuste de precios; aún con todo un cúmulo de supuestos restrictivos, ha fracasado en su intento por demostrar estabilidad y existencia del equilibrio general competitivo”.
4. Conclusión
A finales de los ‘70 y comienzos de los ‘80 un conjunto de intelectuales procedentes de diversos campos de las Ciencias Sociales (Elster, Roemer, Cohen…) trataron de reconducir el pensamiento marxista hacia las posiciones de la economía neoclásica, incorporando individualismo metodológico, cálculo diferencial y extirpando, como si de un tumor maligno se tratase, la teoría laboral del valor: es lo que se dio en llamar el “marxismo analítico”. Trataron de conciliar el marxismo con estas mismas teorías idealistas de escaso poder explicativo a las que acabamos de referirnos. Pero como bien ha dicho Lebowitz (1990) se trataba de marxismo sin marxismo: sin clases sociales y sin el reconocimiento de que el trabajo es la fuente genuina de creación de valor, no hay explotación. Por la vía del marxismo analítico se llega a lo que Guerrero (1997) ha calificado acertadamente como “un Marx imposible”. Y la experiencia lo ha demostrado: afortunadamente se trata de un programa de investigación en decadencia y, sin embargo, basta con consultar cualquiera de las principales bases de datos de producción científica para comprobar que el Marx que optó por la teoría laboral del valor, el Marx del “error fatal”, sigue inspirando una producción científica muy viva, a pesar de los numerosos obstáculos que los investigadores marxistas suelen encontrar (financiación, exclusión, represión...). Por no hablar de la proliferación de canales en las redes sociales en las que jóvenes y no tan jóvenes intelectuales discuten y difunden diversos aspectos del pensamiento de Marx, entre ellos su acertada teoría del valor y la explotación.
A la vista de lo anterior, no es arriesgado afirmar que sería muy útil para los lectores poder acceder a nuevas ediciones de Marx desde cero… en las que los autores se animasen a corregir el desafortunado tratamiento que en las dos primeras han dado a la teoría marxista del valor: en nada desmerecería su legítima pretensión de promover una “lectura republicana de Marx” y el texto ganaría mucho en rigor histórico y valor didáctico.
Referencias
Albert, M. (2022). How to Escape from Model Platonism in Economics: Critical Assumptions, Robust Conclusions, and Approximate Explanations. Homo Economicus, vol 39, pp. 37-68, https://doi.org/10.1007/s41412-022-00122-x
Allais, M. (1968). Economics as a Science. Cahiers Vilfredo Pareto, t. 6, nº 16/17, pp. 5-24.
Arrow, K. y Hahn, F. (1971). General Competitive Analysis. Hondel-Day Inc, San Francisco, [ed. castellano, Análisis General Competitivo, año 1977, FCE. México].
Blaug, M. (1985). Teoría Económica en Retrospección. Fondo de Cultura Económica. España.
Blaug, M. (1994). Why I am not a Constructivist: Confessions of an Unrepentant Popperian. Incluido en Backhouse, E. E. (editor), New Directions in Economic Methodology, Routledge, London, pp. 109 – 136.
Blaya Melchor, E. (2021). Marx desde cero: para el mundo que viene. Anales del Seminario de Historia de la Filosofía, 38 (1), pp. 211-212. https://dx.doi.org/10.5209/ashf.73796
Boulding, K. E. (1991). What is Evolutionary Economics?. Journal of Evolutionary Economics, vol. 1, pp. 9-17.
Cataño, J. F. (2004). La Teoría Neoclásica del Equilibrio General. Apuntes Críticos. Cuadernos de Economía, v. XXIII, n. 40, pp. 175-204.
Crespo, R. F. (1998). La Crisis del Modelo Neoclásico. Económica, vol. XLIV, n.º 1-2, pp. 29-59.
Dagum. C. (1978). Metodología y Crítica Económica. Fondo de Cultura Económica. México.
Debreu, G. (1959). Theory of Value. Monograph nº 17, Cowles Commision for Research in Economics, Yale University Press.
Dobb, M. (1973). Economía Política y Capitalismo. Fondo de Cultura Económica. México.
Eagleton, T. (1997). Ideología. Una Introducción. Paidós. Barcelona.
Fernández Liria, C. y Alegre Zahonero, L. (2010). El Orden de El Capital. Por Qué Seguir Leyendo a Marx. Akal.
Fernández Liria, C. y Alegre Zahonero, L. (2019). Marx desde Cero… Para el Mundo que Viene. Akal.
Franco de los Ríos, C. A. (2005). El Formalismo Axiomático en Economía. Revista Cuadernos de Economía, nº 43, pp. 35-63.
García de las Bayonas Delgado, J. (2020). Marx desde cero: para el mundo que viene. Logos. Anales del Seminario de Metafísica, 53, pp. 381 – 385. http://dx.doi.org/10.5209/asem.70853
Guerrero, D. (1997). Un Marx Imposible: El Marxismo sin Teoría Laboral del Valor. Investigación Económica, vol 57, nº 222, pp. 105 – 143.
Hausman, D. M. (1981). Are General Equilibrium Theories Explanatory?. J .C. Pii (edit.), Phylosophy in Economics, pp. 17 – 32. , D. Reidel Publishing Company.
Hüseyin, Ö. Z. E. L. (2000). The Explanatory Role of General Equilibrium Theory: An Outline onto a Critique of Neoclassical Economics. Hacettepe Üniversitesi Iktisadi ve Idari Bilimler Fakültesi Dergisi, 18(1), 257-285.
Kuhn, T. S. (1962); The Structure of Scientific Revolutions; University of Chicago Press [edición en castellano: La Estructura de las Revoluciones Científicas; Fondo de Cultura Económica, año 2001].
Kuhn, T. S. (1973). Objetividad, Juicios de Valor y Elección de Teoría. [Incluido en La Tensión Esencial, FCE].
Kuhn, T. S. (1983). La Tensión Esencial. FCE, Madrid.
Lebowitz, M. A. (1990). ¿Es Marxismo el Marxismo Analítico?. El Trimestre Económico, vol. 57, nº 225, pp. 3-26.
Meek, R. (1956). Studies in the Labor Theory of Value. Monthly Review Press. New York and London.
Meek, R. (1972). Economía e Ideología. Ariel. Barcelona.
Meek, R. (1980). Smith, Marx y Después. Diez Ensayos sobre el Desarrollo del Pensamiento Económico. Siglo XXI. Madrid.
Morishima, M. y Seton, F. (1961). Aggregation in Leontief Matrices and the Labour Theory of Value. Econometrica, vol,. 29, nº 2, pp. 203-220.
Nadal, A. (2019). Crítica de la Teoría Económica Neoclásica. El Trimestre Económico, vol. LXXXVI (3), núm. 343 , pp. 509-543. doi: 10.20430/ete.v86i343.925
Okishio, N. (1963). A Mathematical Note on Marxian Economics. Weltwirtschaftliches Archiv, vol 3.
Ortega Reina, J. (2019). Marx desde Cero. Agora – Papeles de Filosofía, 38 (2), pp. 225-230.
Pérez Monterroso, M. V. (2019). Marx desde cero...para el mundo que viene. Res Publica. Revista de Historia de las Ideas Políticas, 22 (1), pp. 301-303. http://dx.doi.org/10.5209/RPUB.63899
Samuelson, P. A. (1962). Economists and History of Ideas. The American Economic Review, vol 52(1), pp. 1-18.
Samuelson, P. A. (1967). Marxian Economics as Economics. The American Economic Review, vol 57(2), pp. 616-623.
Samuelson, P. A. (1974). Insight and Detour in the Theory of Exploitation: A Reply to Baumol. Journal of Economic Literature, vol 12, nº 1, pp. 62-70
Schumpeter, J. A. (1994). Historia del Análisis Económico. Ariel. Barcelona.
Segura, J. (1977). Algunas Consideraciones sobre la Crisis del Análisis Económico Ortodoxo. Investigaciones Económicas, vol. 3, mayo – agosto, 5-26.
Silva, L. (1975). El Estilo Literario de Marx. Siglo XXI Editores SA. México.
Sraffa, P. (1960). Production of Commodities by Means of Commodities: Prelude to a critique of economic theory. Cambridge University Press.
Stigler, G. J (1950). The Development of Utility Theory II. Journal of Political Economy, vol 58, nº 5, pp. 373-396.
Thompson, J. B (2002). Ideología y Cultura Moderna. Universidad Autónoma Metropolitana. México.
Vegara, J. M. (1982). Lecturas sobre Economía Política Marxista Contemporánea. Antoni Bosch, editor. Barcelona.
Wald, A. (1936). Über einige Gleichungssysteme der mathematischen Ökonomie, 1936, Zeitschrift für Nationalökonomie, v. 7, p. 637 [traducción al inglés en 1951, "On Some Systems of Equations of Mathematical Economics", Econometrica.]


No hay comentarios:
Publicar un comentario